La Mirada Displicente

Crónicas del Príncipe de las Bellotas

Posts Tagged ‘Varanasi

Manikarnika

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Encontré a Pawan sentado a su manera, en cuclillas, y rodeado de la basura habitual, al borde del polvoriento camino que nos llevaba a Sadhi y a mí hacia Varanasi. Fue Sadhi, cuyo nombre en hindi significa perfecto (aunque solo su esposa y yo sabemos que lo es), quien, sin decir una palabra, me cogió del brazo para detenerme y señaló a Pawan como si el diablo entorpeciese nuestro camino… Apenas reconocí al joven alto y arrogante que años atrás me pasó un dedo sucísimo por los labios indicándome que me callara más o menos para siempre.
Creo que Pawan no me reconoció cuando nos plantamos delante de él mientras tocaba aquella flauta con forma de calabaza. De uno de sus asquerosos cestos asomaba la cabeza una cobra vieja, juraría que la misma vieja zorra que no me dejaba dormir con su sola presencia en la habitación donde Pawan y yo recomponíamos cada noche nuestra destartalada vida.
Pawan y la vieja cobra…, la misma imagen que me sedujo dos días después de pisar este país por primera vez, me causaba ahora un dolor extraño, un vacío que amenazaba con aspirarme hacia el centro ilocalizado de mí mismo, si esto tuviese algún sentido.
Vi a Pawan y recordé los días que me sentaba a su lado disfrazado de él, hipnotizado por la danza de la cobra y la música que salía del hombre al que, sin apenas entender, amaba sin condiciones.
Pawan y yo compartimos muchas tardes de caminos polvorientos, niños curiosos que se acercaban demasiado y pocas, muy pocas monedas. Jugar a ser pobre me fascinó durante meses: la sensación engañosa de no tener nada, salvo nuestros cestos, la cobra y el amor que nos permitía dormir en cualquier sitio, comer lo que a alguien sobraba, beber de los labios del otro…
Amar a Pawan consistía en muy poca cosa: sonreír, fundirse en los ojos oscuros y dormir a su lado vigilados por la cobra. No había mucho de qué hablar porque lo hacíamos en idiomas diferentes, pero soñábamos en el mismo. Y una noche soñé que la cobra salía de su cesto y lentamente reptaba hasta la pierna de Pawan, a la que se enroscaba lujuriosa, y subía hasta su sexo, evitándome a mí, evitando mi mirada. Pero no se detuvo allí: miró, inspeccionó y acarició aquello con su extraña lengua tan solo una vez, cauta, y siguió su camino hasta el cuello de Pawan, que dormía como siempre lo hacía, sonriendo. La cobra se enroscaba y se enroscaba en el cuello de mi amado, pero yo no podía gritar, por más que lo intentaba. Me sorprendió, en mitad de mi sueño, que Pawan no despertase, que ni siquiera torciese el gesto mientras la cobra lo asfixiaba. Me sorprendió también el maravilloso contraste entre aquellas dos pieles magníficas, la una tan amada y la otra tan temida…
Desperté sudoroso y llorando al lado de mi Pawan dormido que, sin abrir los ojos, puso su mano sobre mi pecho y tamborileó los dedos como diciendo: “no pasa nada, duerme”.
Los meses junto a Pawan fueron los más felices de mi vida. Ni el vagar por los caminos bajo el sol turbio de la India, ni las miserables cabañas llenas de ratas donde dormíamos, o los golpes de los policías significaban nada frente al roce continuo de nuestros brazos al caminar o el gozo de ver su cuerpo brillar durante su baño matutino.
Y ahora veo a Pawan sentado al borde del camino, solo, intentando que la vieja cobra salga del cesto y haga dos tonterías con las que llevarse un poco de comida a la boca. Está más delgado, más sucio, y su extraño movimiento al tocar me hace sospechar que algo ha ocurrido, que hay algo de Pawan que ya no está allí.
Han pasado 6 años desde el dia que le dejé sentado en algún rincón del Manikarnika Ghat, mirando de frente la muerte y sin un gesto en su rostro. No conseguí una palabra suya de despedida, o de reproche, nada. Cuando terminé de explicarle como pude que hasta los sueños más hermosos terminan, me condujo hasta aquel lugar de la mano y se sentó allí, rodeado de leña y humo; rodeado de cadáveres que se consumían en el fuego mientras yo me consumía de pena. Quise abrazarle, pero se apartó un poco. Me miró y sonrió por última vez, juntando las manos sobre sus labios e inclinando la cabeza, diciéndome adiós como a un perfecto desconocido.
Pawan baila con su cobra, hipnotizado por su propia música. Los niños le imitan y se ríen, las mujeres le ignoran y algún hombre se acerca y deja unas monedas en la preciosa vasija de plata que, sorprendentemente, aún conserva. Hasta que por fin y de golpe la música termina, la cobra desaparece en el interior de su cesto y Pawan se queda inmóvil, con los ojos cerrados, como un juguete mecánico que se hubiese quedado sin cuerda. Está casi desnudo, pero no reconozco ninguna de sus cicatrices, ninguno de los caminos tantas veces recorridos. Me acerco y, muy bajito, le llamo: “¡Pawan, Pawan!” Pero no parece escucharme. “¡Pawan, soy yo!”, le digo en el poco hindi que conozco y bajo la mirada endurecida de Sadhi. Hasta que no toco suavemente su hombro, Pawan no parece enterarse de mi presencia allí. Abre los ojos y me mira, y siento que es la primera vez en la vida que lo hace. Veo sus ojos y a duras penas consigo no precipitarme, no disolverme en ellos. Pero Pawan no me ve. No es que no quiera reconocerme, es que no me ve, no sé explicarlo. Junta sus manos sobre los labios, como aquel último día de nuestras vidas, y se inclina repitiendo namaste muchas veces, moviendo la cabeza adelante y atrás muy suavemente. Sin verme.
“Namaste”, mi querido Pawan. He abierto el cesto de la vieja cobra y he escupido sobre ella, devolviéndole el veneno de mis sueños. También te he dejado un billete de 100 dólares en la vasija, no sé qué más podría dejarte.

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Written by Zanobbi

diciembre 29, 2011 at 4:11 pm

Anirudh

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Anirudh no sabe que le estoy mirando
Que desde lejos contemplo
Lo que nos une y nos ata
La verdad cruel que ahoga su risa
El destino lacrado que engaña mi llanto

Anirudh regresa desde el sueño profundo
Y mueve los hilos del alma cansada
Oye, suspira, enamora a los pájaros
Baila, me mira
Canta en silencio como yo le he enseñado

(La foto, por supuesto, es de Laurent G)

Written by Zanobbi

octubre 4, 2010 at 12:24 pm

Balram

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Hice un puzzle con tu cara
Intentando separar las piezas que la componen
Intentando explicar por trozos
El deshielo que un día produjo
Las remuevo y remuevo
Jugando cada día
Al inútil juego de recomponer tus cejas
Tu boca entreabierta
Las curvas preci(o)sas y oscuras de tu cara
Te toco
Cada vez que arrastro una pieza con el dedo
Sin poder soltarla
La densa negrura del pelo
La imposible cercanía de tus labios
El roce casi inhumano de la barba
Y me entretengo en el juego
Acariciando cejas y dientes
Peinando con cuidado
El extremo de tus pestañas
Mírame, si eso es posible
Gira despacio los ojos y no cierres nunca la boca

(La foto, como siempre, es del cada vez más impresionante Laurent G)

Written by Zanobbi

febrero 16, 2010 at 2:38 pm

Publicado en Cosas, Gay, Poesia

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Byzantium

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Mi amiga M. es una psicóloga del tres al cuarto, aunque ella estudió psicología de verdad. Pero, como tantos otros, acabó funcionariándose, para más inri, en Hacienda. Y de vez en cuando me coge por banda y se dedica a interpretar mis actitudes, mis desdenes y desvaríos. Y mis sueños.
Soñé hace dos noches que volvía a perderme. Si no tomara mi pastilla naranja, seguramente estaría angustiado, dándole vueltas al hecho desconcertante de soñar tan a menudo que me pierdo; pero la química me mantiene en un estado de observación displicente, que es lo mío, sin sangre ni lágrimas. Eso, claro, si no suenan ni pianos ni chelos.
Que en mis sueños me pierda siempre en lugares maravillosos no sé si significa algo bueno o malo. Que en los sueños se me junte la sensación angustiosa de haberme perdido con la contemplación maravillada de lo que me rodea, con una sensación de belleza que raramente encuentro en mi vida consciente, me resulta un tanto desconcertante.
Al igual que en el sueño que dio origen al Cuento de Varanasi, la otra noche también me perdía en mitad de un gentío extraño, en algún país lejano y raro, quizás en Africa, rodeado de moscas, música y gente que vendía de todo; gente que comía, rezaba y cantaba, todo de la misma manera y casi al mismo tiempo. Al contrario que en Varanasi, nada me angustiaba, no busqué a mis amigos, ni a mi novio ni, como me pasaba allí, a mí. Solo intentaba salir de aquella calle calurosa convertida en mercado y llena de sonrientes caras negras. Hasta que conseguí torcer por una esquina para de pronto encontrar un paisaje totalmente diferente, un valle lleno de árboles, flores, estatuas, templos, edificios abandonados y tumbas, por el que discurría una escalinata infinita, cochambrosa y magnífica. Recuerdo echar a correr escalera abajo, no sé por qué, nadie me seguía y yo no perseguía a nadie. Correr y correr, asombrado por la belleza de todo lo que me rodeaba. Tan asombrado que me puse a llorar, borracho de todo aquello que veía mientras bajaba la escalera.
Llorar en sueños no me gusta nada. Me deja una sensación horrible cuando me despierto. La otra noche me desperté justo cuando la escalera se acababa y llegaba a territorio conocido, aunque no esté muy seguro de qué territorio se trataba. Dejé la escalera atrás y vi encinas y pinos, caminos de tierra y mi mar predilecto, muy azul, al fondo. Me volví llorando, con esa extraña sensación de belleza abrumadora, para ver mi escalera y el valle por última vez, consciente de que ahora me reencontraría. Pero no vi nada y me desperté.
M. encuentra cientos de razones, de posibles porqués para mis frecuentes pérdidas viajeras en mis exóticos sueños. Pero no me las dice. Me pregunta lo que yo creo, lo que a mí me parecen ciertos detalles, ciertas pérdidas y abandonos. Pero a mí no me parece nada. No quiero saber nada. Solo sé que llevo dos noches intentando encontrar de nuevo esa escalera y, esta vez, subirla. Muy despacio.

Written by Zanobbi

diciembre 15, 2009 at 1:33 pm

Avinash

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Te encontré desafiando todas las leyes, sin ser la de la gravedad la que más me preocupaba.
Desde lejos me miraste amenazante o intrigado, no supe nunca interpretarte. No quise interpretarte.
Nunca vi a nadie tan serio.
¿Qué esconde alguien que, siendo tan joven, es tan, tan serio?
Mientras te veía actuar (porque tú actúas) me preguntaba qué te había ocurrido, qué horribles cosas habían dejado en ti esas marcas, qué drogas tomabas.
Pero no, no vi resto de nada en lo más profundo de tus pupilas. No vi nada, cuando me acerqué a comprobarlo. No pude ni reflejarme, para mi desgracia.
Me diste la mano para invitarme a subir a tu templo de colores y mirar desde arriba el polvoriento rebaño que siempre te rodea. Para dejarme aspirar el olor amargo que intercambiáis tus saris y tú. Tu amigo y tú. El rebaño, tu amigo, los saris y tú.
Me hubiese quedado allí toda la vida, sentado en un rincón, sin moverme ni comer ni beber ni nada, observándote sacar, extender, doblar y guardar, como si nada ocurriese más. Nunca. Sin dejar de mirar hacia ningún sitio de aquella plaza polvorienta.
Los saris de Avinash son de todos los colores, menos negros.

Foto: Laurent Goldstein, tan bonita como todas las suyas.

Written by Zanobbi

noviembre 27, 2009 at 2:41 pm

Laurent Goldstein

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Laurent Goldstein es un fotógrafo que vive en Varanasi. Muy a menudo acudo a su blog, Designldg by Laurent G, o a Laurent G (flickr) para ver las fotografías que cuelga casi a diario de la India y sus gentes, con especial insistencia en Benarés (Varanasi). Me gustan mucho las fotos de Laurent G porque reflejan muy bien todo aquello que a mí me hechiza de la India. Y porque son preciosas.

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Todas las fotografías © Laurent G
Designldg by Laurent G
Laurent G (flickr)

Written by Zanobbi

julio 29, 2009 at 9:51 am

Cuento de Varanasi

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Reedito este post porque la India vuelve una vez más, esta vez de forma material, dentro de la piel oscura de Anand, que estará alucinando al haber cambiado los sucios pollos desplumados, el polvo, las vacas, el calor y los niños desnudos y sonrientes de su pequeñísimo y destartalado pueblo por los espacios infinitos de la T4 y los mundos fantásticos de la Expo. Espero verle.

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Varanasi, Dic. 2006

Volvimos varias veces sobre nuestros pasos para buscarme a mí, que me había perdido.
La sensación de saberme perdido me causaba, por un lado, una angustia infinita: qué será de mí, dónde me habré metido, me habrá pasado algo, con quién estaré, ¿tendré hambre, o frío? Y al mismo tiempo me sentía excitadísimo porque de pronto yo era alguien, era el protagonista y todos, todos,  me buscaban a mí y solo a mí, que a saber dónde estaría…
Recorrimos las callejuelas, apartamos niños, empujamos ancianas; destrozamos sin querer dos o tres puestos y a mí no me cabía en la cabeza que yo, tan serio, tan responsable, me hubiese perdido. Dos horas y mil risas después, lo que no cabía en mi cabeza era que yo mismo me estuviese haciendo esta faena, y era yo el que no paraba de decir: “¡el muy hijoputa!”, “¡seré gilipollas…!”
Y los demás, al principio, me excusaban ante mí mismo: que me habría metido en cualquier tienda, que estaría hablando con alguien; pero sólo al principio, que luego para todos era un hijo de la gran puta.
Llegamos al bazar y sólo veía caras morenas y sonrientes que intentaban venderme algo mientras yo les preguntaba indignado: “pero, ¿seguro que no has visto un hijoputa con mi misma cara?”
Pero no, no me habían visto.
Intentar explicarle a alguien que uno mismo se ha perdido es una tarea muy complicada, especialmente si no habla tu idioma y encima tú mismo estás delante de él, así que decidimos entrar en todos y cada uno de los tenderetes: me emborraché de sedas, cuentas de cristal, dulces de almendra y vapores de té; cajitas de colores, frutos secos, objetos de cobre junto a torres humeantes de carne; ojos grandes y oscuros que me seducían y me desviaban de mi objetivo, que era encontrarme.
La sensación de no tenerme conmigo estaba empezando a desquiciarme porque, ¿qué iba a hacer yo sin mí?, ¿cuánto tiempo tardarían los demás en darse cuenta de que yo sin mí no era nada?
Al fondo del callejón, detrás de unos tenderetes, vi un niño moreno en cuclillas, nada que no hubiese visto cientos de veces durante los últimos diez días. Me miró y me sonrió pero, en vez de venir corriendo a sacarme los cuartos como todos ellos, me indicó que me acercara con la mano y, no sé por qué, fui. El niño empezó a hablarme en su extraña lengua, muy deprisa, sin dejar de sonreír y sin abandonar la ancestral postura. Como siempre, en pocos segundos tuvimos a nuestro alrededor una pequeña multitud que reía, me tocaba y traducía malamente al inglés lo que el niño me decía.
El niño me había visto, sí, a mí, no hacía ni diez minutos, en ese mismo lugar. Y yo le había prometido algo.
No conseguí hacerle entender que yo me había perdido hacía más de dos horas y no le había prometido nada. ¿Cómo iba yo a prometerle algo a aquel niño y no acordarme, por mucho que me hubiese perdido? Pero el crío me tiraba de las perneras de los pantalones y se iba mosqueando, el muy cabrón, y todas las miradas a mi alrededor se iban volviendo hostiles.
Los ojos de los hindúes son muy, muy bellos. Sonríen solos. Pero también dan miedo. Miré por encima de todas aquellas cabezas de pelo negro brillante mientras la voz del niño se iba convirtiendo en un chillido agudo que me golpeaba desde dentro del cráneo, intentando salir… Hasta que me vi a lo lejos, a lomos de un elefante viejo y destartalado, saliendo a la calle a través de un gran arco gris de piedra.
Me quedé paralizado: yo iba vestido de blanco, exactamente igual que muchos de los amenazadores tipos que me rodeaban, descalzo, subido en aquel decrépito animal, hablando animadamente con alguien que, desde abajo, tiraba del elefante y le golpeaba suavemente con una vara.
Corrí, grité a los demás: “¡estoy ahí, estoy ahí!” pero nadie parecía ver nada, nadie decía nada en medio del griterío ensordecedor.
Me olvidé del niño, de mis amigos y de todo y salí disparado tras de mí, que me iba perdiendo entre la multitud a pesar de la altura y lo aparatoso del elefante.
Salí a la calle y quedé atascado en medio de los ricksaws, de las motos, la comida y la gente. ¿Cómo podía alejarme tan deprisa, encima de un elefante, en medio de todo aquel caos? Pero el caso es que me estaba perdiendo otra vez.
Alguien me agarró del brazo. Me volví y mi precioso camello habitual, con la misma camiseta de los últimos diez días y su pelo quemado por el sol o los tintes, me ofrecía, una vez más, sus exóticas mercancías. “¡Te he dicho mil veces que no quiero nada, nada, nada, indio de mierda! ¡Ni maría, ni coca, ni nada! ” El no me entendía, como siempre, sin dejar de abrazarme y sonreírme.
Le empujé, tropezó, cayó sobre la acera y se me quedó mirando como no comprendiendo nada, con una tristeza infinita.
Se levantó, volvió a mirarme y le dije: “¡Lo siento, joder! ¡Es que me he perdido!”
Escupió a un lado y se marchó.
Miré al fondo de la marea humana, al horizonte móvil y ondulante donde no pude distinguir mi silueta sobre el elefante ni ningún otro rastro mío.
No sé cuánto tiempo más vagué por las calles de Varanasi buscándome.
Perdí también a mis amigos y la noción del tiempo; sólo recuerdo que siempre era de noche, siempre de noche.
Me senté en uno de los escalones mirando sin mirar el sagrado río humeante, las lamparitas, las hogueras, las ratas; intentando imaginar una y otra vez qué estaría haciendo yo, dónde y, sobre todo, con quién estaría. Y entonces me sentí celoso.
Hasta que entre los cánticos y la música de las oraciones surgió una vocecita conocida, muy cerca. Giré la cabeza y vi al niño del bazar que, poniéndome una mano sucia sobre mi hombro, canturreaba algo sin mirarme. Parecía estar como yo, mirando sin ver hacia ningún sitio, explorando la oscuridad del río por el que de vez en cuando aparecía una barca silenciosa con mujeres vestidas con saris de colores imposibles o turistas espantados, como fantasmas que la negra bruma del río devoraba poco después.
El niño me miró y dijo algo en su lengua incomprensible.
Le contesté: “Mi vida, no te entiendo” y golpeé con la mano en el escalón para que se sentara. Lo hizo y después, canturreando de nuevo, apoyó la cabeza en mi regazo.
Nunca volví a encontrarme.

(Zanobbi 2008)
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Written by Zanobbi

junio 9, 2008 at 12:00 pm