La Mirada Displicente

Crónicas del Príncipe de las Bellotas

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Ramos Artal

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Conocí a Manuel Ramos Artal en un trastero que mis padres tenían en su vieja, mi única casa. Subir allí me daba miedo por las empinadas escaleras, los pasillos oscuros y el crujir lastimero de la llave en la cerradura. Siempre pensaba que algo malo se cocía allí dentro y yo, por supuesto, sería quien lo encontrara. Pero nada de esto ocurrió, claro.
Una mañana subí allí, aburrido de todo como solía ocurrirme siempre, y me puse a rebuscar entre los viejos libros de derecho de mi abuelo que llevaban 40 años olvidados en un armario de madera, el mismo que ha sido pasto de mi furia no hace mucho. A mí, aquellos viejos libros no me interesaban nada pero, envenenado por sangre más caliente que la mía, había adquirido la manía de investigar pasados, reliquias y cualquier vieja leyenda que se me pusiese al alcance.
Encontré una toga vieja, absurdos pompones azules, tres láminas horribles y, muy al fondo del armario, dos cuadritos mínimos que, cubiertos de polvo, llamaron mi atención.
Pasé el dedo índice suavemente por el primero de ellos, un surco de luz sobre la superficie polvorienta, y la imagen diminuta y encorvada de una viejecita subiendo una cuesta quedó al descubierto. No me atreví a tocarlo más. Aquel trazo negro sobre lo que parecía un camino reluciente por la lluvia me dejó la misma sensación que me producían algunos libros entonces: me quedaba parado, no estaba seguro de querer seguir leyendo porque sabía que, muy probablemente, aquella historia mágica se estropearía en cualquier momento dejándome un sabor amargo que no sé si era decepción o tristeza.
Recuerdo que bajé a la cocina sin saber qué hacer, cómo limpiar aquellos cuadritos y con la ilusión viva pero temerosa de qué iba a encontrar allí.
La imagen de la viejecita subiendo la cuesta, esa cuesta que yo, con los años, he asimilado a la que baja hacia Luarca desde su precioso cementerio, ilumina uno de los rincones del salón de mi casa. Lo ilumina poco, la verdad, porque el cuadrito de Ramos Artal tiene unas proporciones más bien ridículas y porque representa un día lluvioso y una soledad infinita. Pero a mí me encanta.
El otro cuadro tiene las mismas ridículas dimensiones y es un paisaje más convencional pero igual de melancólico.
Desde que encontré los cuadros en el desván y obligué a mi madre a dejármelos en herencia adelantada, he buscado a Ramos Artal por mercadillos, desembalajes, ferias de arte, galerías y, últimamente, internet. Eso sí, solo me interesan los cuadros de ridículas dimensiones como los míos, pintados en su mayoría al óleo sobre tabla y con marcos muy rimbombantes.
En la búsqueda solo me he llevado decepciones, porque los cuadritos de Ramos Artal no son nada baratos y hay pocos. Y en las subastas en las que he participado siempre he perdido.
Hoy he encontrado este nuevo cuadro en una página de subastas online. Mis esperanzas de llevármelo son ninguna, pero aquí estoy yo para intentarlo.
Cada cuadrito nuevo que descubro de este hombre provoca dulce melancolía, cierta opresión en el pecho. El, junto a Modest Urgell (el boss del tema), se han convertido en mis pintores cursis de referencia, pero siempre en pequeñas dosis.
Busco Urgelles, Ramosartales y primos hermanos. Si alguien tiene el mal gusto o la necesidad de desprenderse de alguno de sus cuadros (no, de sus cuadritos), por favor, me lo haga saber y deje aquí un recadito. Mi alma destemplada se lo agradecerá.

Written by Zanobbi

junio 28, 2012 at 3:48 pm