La Mirada Displicente

Crónicas del Príncipe de las Bellotas

Posts Tagged ‘Gay

Precipicios

with 4 comments

Te observo desde mi lado del precipicio
el mismo al que hoy tengo ganas de tirarme
Y me pregunto:
¿Qué oscuras noches ibas a darme?
¿Qué mierda de vida me esperaba a mí a partir de ahora?
¿Qué parte no he comprendido en todos estos años?

He rebuscado entre los cientos de líneas que escribiste
y aún estoy intentando comprender
o encontrar algo con lo que alegrarme el día
y todos los días por venir
Pero no he encontrado nada
salvo el rastro de mi propia ironía
y la sangre reseca de todas las heridas que infringí
el dolor del que no he sabido cómo arrepentirme
Y aquí estás tú ahora para recordármelo
para restregarme sin muchas ganas
tu juventud poco lustrosa
tus borracheras
y la estela sucia de tus juegos nocturnos
No volverás a ver mi lucecita verde encendida
No volverás a pensar en ella siquiera

Anuncios

Written by Zanobbi

septiembre 12, 2012 at 10:16 am

Publicado en Escribo y escriben, Gay

Tagged with

Bubba

with 5 comments

Descríbeme uno a uno
Los rincones secretos de tu cuerpo
El recoveco escondido tras la oreja
Donde mi nariz descansa
Los pliegues diminutos de esos dedos
Donde enlazo los míos
Los oscuros valles donde mi mano
A la deriva y sedienta
Navega sin rumbo
El surco profundo de tu boca
Donde mi lengua investiga
Donde dejo palabras y susurros
Donde hago promesas y declaro
Que aun sin estar estoy contigo
Aun sin saber lo sé ya todo
Que todos los rincones que me muestras
Los di ya por conquistados

Hoy, canción del día: Moments of pleasure (Kate Bush)
“… hey, dear Michael, do you really love me?”

Written by Zanobbi

mayo 25, 2011 at 5:01 pm

Publicado en Escribo y escriben, Gay, Musica, Poesia

Tagged with , , ,

Dulce Ganesh

with 6 comments

La primera vez que vi a Ganesh acabé corriendo ridículamente delante de él, en un atardecer apestoso en Nueva Delhi. Yo salía sudando de la horrible tumba de Gandhi cuando, al cruzar la calle, oí un estrépito y vi a dos locos montados sobre un sucio elefante que lanzaron contra mí, descojonándose. Muerto de miedo intenté alejarme pero, cuando pasaron a mi lado, el elefante me pegó un porrazo con la trompa y caí sobre un montón de basura. Los chicos del elefante se reían y me gritaban cosas en ese idioma chillón e irritante, y amenazaban, o eso creía yo, con dar la vuelta y venir a por mí. Sentado sobre aquel montón de basura ni sentí dolor ni nada, tan solo el tremendo susto de verte arrollado por semejante monstruo y de descubrir, atónito, que no podía apartar mi vista del culo del elefante que, en comparación con el resto, me resultó muy limpio y casi infantil, mordible.
Cuando ya iban a torcer y perderse de vista, el elefante giró la cabeza, me miró directamente a los ojos con el suyo izquierdo y me dijo, en perfecto castellano y voz preciosa: “Siento mucho el golpe. Espero no haberte lastimado. Me llamo Ganesh”.
Por supuesto, yo jamás había oído hablar a un elefante; ignoraba que pudiesen hacerlo, además, aunque he de reconocer que en este país de locos ya nada me sorprende. Pensé: “Ganesh, Ganesh…”, y recordé que el elefante parlanchín se llamaba como uno de los miles de dioses a los que estos indios majaras adoran. Pero aparte del culito respingón, Ganesh no tenía nada de idílico. Además, recordé enseguida que Ganesh, el dios elefante, solo tiene de estos la cabeza, mientras que el resto del cuerpo corresponde a un señor gordito de mediana edad y muy poco interesante.
Atribuí mi charla unilateral con el elefante a los efectos del porrazo que el animal me había dado con la trompa, y pronto lo olvidé. Pero a partir de ese momento, cada vez que me encontraba con algún elefante en algún lugar de la India, yo notaba que el animalillo me miraba de un modo especial, algo parecido a ese mirar intencionado de las vacas; un pestañeo que empezó a resultarme incómodo. Si no hubiese sido imposible, habría jurado que aquellos bichos estaban coqueteando conmigo. Y vi muchos elefantes esos días, como si me persiguiesen con aquellas miradas que fueron pasando de la timidez a lo que empecé a sentir como una lujuria desenfrenada que aquellos ojos negros lanzaban sobre mí. Así que empecé a preocuparme.
Fue a los pies del fuerte Amber donde Ganesh me habló por segunda vez. A pesar de la insistencia de mis amigos, yo me negaba a subir a ningún elefante de las decenas que allí había. Una cosa es que hubiese olvidado la voz que me habló en Delhi, pero el porrazo y el susto los seguía recordando bien. Y el culo. Y en estas estaba yo discutiendo cuando noté unos golpecitos en el hombro: giré la cabeza lo suficiente y vi una cosa parecida a una nariz que insistía en toquetearme y olisquearme también el cuello. Me volví enfadado, realmente enfadado y, cuando iba a decirle al coloreado jinete que apartara al elefante sobón, este, con voz de locutor de radio, me dijo: “Z., soy yo, Ganesh”. Miré alternativamente a mis amigos y al jinete, maravillado, pero nadie parecía haber escuchado nada, y el elefante parecía mirarme únicamente a mí. Hasta parecía sonreírme.
Por un momento pensé que mis amigos eran parte de la broma, así que les grité algo como que se dejaran de coñas y volví a chillar a aquel indio disfrazado para que apartara el animal de allí. Pero el guapo y sucio jinete estaba entretenido sacándose pelotillas de la nariz y no me hacía ni puto caso. Miré al elefante e, instantáneamente, como en un sueño, me sentí flotar llevado por su elegante y triste parpadeo.
“¡No eres Ganesh!”, le grité. “¡Ganesh tiene cuerpo de hombre fofo y tú eres un elefante como todos los demás!”
“No querrás que me aparezca, en medio de los turistas, con la polla colgando”, me dijo un tanto chulescamente.
“Ya llevas la polla colgando, cariño; o al menos eso raro que tenéis ahí los elefantes, así que no me vengas con chorradas”, le dije.
“Z., soy Ganesh, el hijo de Parvati, y quiero casarme contigo”, me dijo tras unos segundos de silencio y en el tono más triste.
Mi amor y mi fascinación por este país enloquecido me han llevado a hacer muchas tonterías, creerme muchas patrañas y caer en los timos más tontos. Pero esto era el colmo. Cuando me quise dar cuenta ya estaba a lomos de otro elefante, más grande que el que me había hablado y ahora subía la cuesta del fuerte Amber justo delante de nosotros con alguno de mis amigos encima. Como aquella tarde en Delhi, yo no podía apartar los ojos de aquel culo extraño que se movía al compás de la caravana multicolor y se recortaba contra los muros majestuosos de Amber Fort. Empecé a marearme, a sentir oleadas de calor que nacían en mis propias nalgas, que ardían al contacto con la piel de este otro elefante. Y cuando sentí que iba a caer, desfallecido, noté de nuevo una trompa que me sujetaba por el cuello muy suavemente, muy dulcemente, y me colocaba en mi sitio.
Me recuperé muy poco a poco, bañado ahora por una corriente de aire fresca y muy perfumada, y me di cuenta de que el elefante no había retirado la trompa de mis hombros, aunque no sentía su peso. Aquella extraña y húmeda nariz recorrió mi cuello una vez más, me acarició la nuca, expulsó aire sobre mi cara y jugueteó tímidamente con mis labios.
Sin poderlo remediar, acaricié aquel triángulo de piel áspera como lija que quedaba entre mis piernas, sin saber muy bien por qué, sin ver otra cosa en el mundo.
Ganesh me habló de nuevo, esta vez por boca del elefante en el que yo montaba, el que me acariciaba con su trompa:
“Z., cásate conmigo. Estoy muy solo”.
He de reconocer que a esas alturas mi excitación era tremenda. El roce de su piel áspera con la de mis piernas, mi mano que no podía dejar de acariciarla, la humedad perfecta de la trompa sobre mis labios y el rítmico baile del culo del elefante que nos precedía… Todo aquello me tenía sumido en una especie de sueño húmedo pero en vigilia, algo muy raro.
La ascensión hasta el fuerte Amber cambió mi vida sin que yo me diese cuenta de nada. En menos de media hora, mientras Ganesh me susurraba cosas maravillosas al oído y mezclaba su sudor con el mío a través de su espalda y mis nalgas, recordé mi historia, tan vulgar y aburrida, y la suya, tan increíble y cruel.
Ganesh era el hijo que la diosa Parvati, esposa de Shiva, engendró, en una noche loca, con el guardián de su puerta. Por supuesto, cuando nació el niño, Shiva lo rechazó y sin inmutarse lo más mínimo, le cortó la cabeza. Parvati, infiel pero sensible, lloró un montón; tanto que Shiva, afligido por la tristeza de la zorra de su mujer, le prometió que le pondría al niño la cabeza del primero que pasase por la puerta. Y el primero que por allí pasó fue un elefante… Bueno, al menos esta es una de las varias opciones que mi pobre Ganesh tiene para contar su historia, ni él mismo sabe cuál es exactamente la buena.
En todas sus representaciones, y al contrario que Hanuman (el dios mono, que está bastante bueno), Ganesh es… poco apetecible. Los elefantes al natural son mucho más guapos, mucho más atractivos que Ganesh en las miles de estatuas y pinturas que puedes encontrar por ahí. Ni siquiera han sido capaces de buscarle un cuerpo bien formado para compensar el desastre. ¡Cuántas veces pensé, antes de que Ganesh me hablase, lo bien que quedaría esa poderosa y noble cabeza de elefante sobre un cuerpo escultural y un pelín macarrilla!
Para cuando quisimos llegar a lo alto del fuerte Amber, yo ya estaba perdido. No veía nada, ni escuchaba nada; mis amigos no existían, ni la multitud de vendedores y niños, nada.
Bajé del elefante con un esfuerzo terrible. No quería dejar de sentir el contacto ardiente de mi sexo contra el montículo de su espalda, ni el abrazo -ya vital- de la trompa. Fue él quien me ayudo a descender, insuflando aire desde la húmeda nariz, que posó suavemente sobre mis labios, a mis pulmones. ¿O aquello fue un beso? No lo sé. Perdí la noción de todo y supliqué agua.
Miré a Ganesh, que ahora era otro elefante muy, muy guapo, ataviado con una manta dorada con bordados de flores y una especie de corona, que estaba frente a mí moviendo la cabeza de lado a lado.
“¡Ganesh!”, le dije, “¡No me abandones! ¡Ayúdame a comprender todo esto!”
El elefante sonrió (de verdad, lo hizo) y me dijo: “Tú ya comprendes todo esto”
Aquella noche, en la tranquilidad de la habitación de mi hotel, pasé las horas entre la euforia y el desconcierto. Nunca me había dado por la zoofilia, la verdad; no la entendía. Y no entendía qué me pasaba, qué veía yo de pronto en aquellos culos gigantes, que sentimiento nuevo despertaba en mí una trompa que, analizada fríamente, daba bastante asco… Además, yo no creía en dios, ni en dioses, ni jamás me había dado por lo espiritual. Ni, por supuesto, me creía que un elefante hablase y, mucho menos, en aquellos términos. ¡Casarse con un elefante, con un dios…! Inspeccioné una a una todas mis pastillas, pensando que me había confundido y algo de lo mucho que tomaba estaba produciendo alucinaciones y priapismos varios. Pero no, el arsenal era el mismo de siempre y eso me preocupó aún más.
Ganesh, Ganesh… Desesperado, rebusqué en las entrañas de mi desportillado aifon quién coño era de verdad Ganesh y cuanta historia pude encontrar en wikipedias y otros ilustres templos del saber; visité páginas y páginas de un misticismo inaguantable, blogs de pijos iluminados por carísimos viajes organizados por Catai al triángulo de oro, símbolos extraños e imágenes dantescas…
¿Ganesh no estaría ya casado con alguien? ¿Era bisexual? ¿Podía un elefante ser gay…? Pero la pregunta más importante, “¿por qué yo?”, no la encontré nunca en ninguna página web, en ninguna red.

Anoche desperté abrazado a la trompa de Ganesh, como casi todos los días. Despertar suavemente y sentir mi cuerpo desnudo abrazado a la trompa de mi dios es el principio de uno de mis muchos momentos de gloria. Yo me despierto y me aprieto aún más fuerte, lo que le da a Ganesh la señal de que estoy dispuesto. El gira el resto de su trompa, el extremo dulce y húmedo de su nariz, hacia mí, y empieza el delirio.
Ganesh y yo nos casamos sin mucha ceremonia. Parvati estaba ocupada follándose a alguien y Shiva no encontraba muy razonable nuestro matrimonio. Hanuman, luciendo palmito, sí acudió, pero yo ya estaba ciego para él. Mi familia, por supuesto, no asistió.
Le puse una condición para nuestro casamiento, y era que nunca, nunca más, volviese a mostrarse delante de mí con su cuerpo humano, ese que yo aborrecía desde los carteles que vi hace cientos de años en un escaparate de Jaipur. Yo, a cambio, prometí nunca más dejarme llevar por la tristeza.
Hace poco recibí una carta en la que una amiga me exigía que le explicase qué clase de enfermo era yo, que me revolcaba con un elefante, por muy en el olimpo hindú que esto ocurriese y por muy dios de segunda que mi elefante fuese. Empecé a contestarle describiendo primero los susurros al oído, los cuentos, las historias; sus palabras dulces e hipnóticas. Y después los detalles más densos sobre aquel culo que me hechizaba, por qué enloquecía con la caricia de su trompa o cómo querer morir si besas tan solo uno de sus ojos… Pero no creo haber conseguido explicarle nada. No importa.
Tengo calor mientras escribo esto y Ganesh viene y me abanica con el aleteo simple de sus pestañas. Me mira y le miro. Y a pesar de esa mirada triste, de ese movimiento taciturno de su cabeza, sé que él es feliz a mi lado. Le beso en la punta de la trompa y él me levanta suavemente de los almohadones en que me apoyo y me sube a su grupa (¿tienen grupa los elefantes?). Salimos al exterior, donde veo ríos sagrados, gente que reza a la luz del atardecer y niños que corren y ríen. Le recojo ambas orejas sobre la cabeza, me tumbo encima y le canto, lo mejor que puedo, alguna de las pocas canciones que ya recuerdo.

Written by Zanobbi

mayo 17, 2011 at 3:05 pm

Mentiras

with 5 comments

Tengo algo nuevo para ti
Como si del delirio se tratase
Algo que te haga resistir
Los empaques de mi furia
Las embestidas desesperadas
De mi amar enloquecido

Te quiero
Reza la tinta en la pared
Te quiero
Confieso en medio de la tortura

Deja que recoja los trozos
Que reclame sin ganas mi orgullo
Que desista de últimas batallas
Y escriba para siempre en tu frente
Quién soy
Qué otros cuerpos abrazo

Te quiero
Me dicen todas las voces
Te quiero
Y de pronto te he olvidado

Written by Zanobbi

diciembre 15, 2010 at 6:27 pm

Publicado en Escribo y escriben, Gay, Poesia

Tagged with , , ,

Otra vez pollo

with 6 comments

“… más adelante hasta llegué a alquilar un piso para mi marinero y yo en Portsmouth, a fin de poderlo ver más de lo que lo veía en Londres. Allí, como cualquier ama de casa posesiva, le hacía la compra y le cocinaba mientras él trabajaba y esperaba impaciente que regresara a casa. Una tarde me dijo irritado: «¡Cómo!, ¿otra vez pollo?» Son las únicas palabras suyas que se me han quedado grabadas en la mente…”
(J. R. Ackerley, “Mi padre y yo”)

Nota: la coincidencia de tema de las imágenes de esta entrada y la anterior no ha sido intencionada. Esta, aunque irreal, me resulta mucho más agradable.

Written by Zanobbi

noviembre 5, 2010 at 12:15 pm

Land of nightmares

with 4 comments

 

Ayer cogí mi bólido y conduje como un loco hasta Barcelona, sorteando coches y curvas por alguna carretera tercermundista de la costa. Ignoro por qué tenía tanta prisa. También ignoro qué me llevaba a mí al acto programado frente a la Sagrada Familia con motivo de la visita del Papa: si verle a él y cantar horribles himnos parroquiales o participar en la manifestación programada por varios colectivos gays para morrease delante del Santo Padre y darle un poco por saco. Ninguna de las dos opciones me parece posible en mi caso, así que me quedo con la duda.
El caso es que llego allí y es un sitio de lo más raro: no veo la Sagrada Familia por ningún sitio y el recinto donde me encuentro es como un ghat en la orilla del Ganges, sucio, hiperpoblado y amarillo, pero sin rio. Y veo cientos, miles de parejas gays que están allí, con más ganas de juerga que de bronca. Empieza el acto y, aunque no veo al Papa ni de coña, sé que se acerca en el papamóvil y veo que todo el mundo empieza a alborotarse y a tomar posiciones para el gran besuqueo. Yo flipo, porque tengo calor, me molesta la gente sudorosa y no tengo con quién morrearme, en caso de que al final decidiese participar en semejante chochez.
Y de pronto, al fondo de donde me encuentro, veo un grupo de niñas de unos 14 ó 15 años, rubias, con vestiditos azules y lazos amarillos y blancos en el pelo, un horror fuera del tiempo y, sobre todo, fuera de aquel espacio tomado por osos, camioneras, rapados, lánguidos donceles y mariconas de las de toda la vida, todos dispuestos a enseñarle al Papa cómo se practica el canibalismo en la actualidad. Para que se joda.
Miro a las niñas, que están muy alejadas de mí, subidas en lo más alto de aquel lugar muy poco glamuroso para estar en Barcelona, y sé, porque las oigo, lo que están planeando. ¿Cómo puedo escucharlas a tanta distancia, a pesar del estruendo a mi alrededor?
Aquellas dulcísimas niñas, en su estúpido y ñoño arrobo místico, deciden que hay que hacer algo inmediatamente para impedir que el pobre Papa vea el horrible espectáculo, para impedir que el santo hombre de blanco se lleve un recuerdo tan espantoso de España, reserva espiritual. Y las oigo decidir cuál de ellas va ser el cordero pascual, cuál va a inmolarse como una ofrenda. Nerviosas, como si estuviesen decidiendo quién va a acercarse a ese chico para invitarle a una fiesta en el cole, las niñas del fondo optan por la más rubia, la más mona, la más santa… La niña que más se parece a mi sobrina la transparente se arrojará al vacío antes de que llegue el Papa y así, con el jaleo, evitar el gigantesco e infernal intercambio de fluidos.
El Papa se acerca y a mi alrededor todo el mundo se prepara; yo no puedo gritar ni moverme para avisar. Y veo, casi a cámara lenta, como la niña, decidida, salta al vacío sin pensárselo desde una altura a todas luces insuficiente para matarse, pero lo bastante alto como para joderse la vida para siempre. Todavía estoy escuchando sus gritos.

Esta noche he soñado este horror, del que me he despertado angustiado y convencido (una vez más) de que la religión es la causa de (casi) todos los males de este mundo. He soñado también otro horror de muy distinto cariz, pero no puedo contarlo. No sé si los sueños pueden ser ilegales, así que prefiero no arriesgarme.

Written by Zanobbi

noviembre 2, 2010 at 3:56 pm

Bienvenido al club

with 6 comments

Por fin.
Nunca pensé que llegaría este día, que podría escribir esto sin tener que inventarme nada.
Hoy, a las 10:00 en punto de la mañana, uno de mis sueños se ha hecho (casi) realidad: por fin se ha abierto una puerta y ha aparecido un joven alto, moderno, guapo, con bata blanca y peinado imposible y ha pronunciado mi nombre en la desierta sala de espera. Me han dado ganas de preguntar “¿El Dr. Sxxxs, supongo?”, pero lo evidente de la cosa y la chochez de la frase me han mantenido en silencio y expectante.
Me ha hecho sentar, se ha sentado él y me ha sometido a un interrogatorio en toda regla: edad (aquí he puesto morritos), enfermedades familiares, alergias (le he dicho que salvo al polen y a la estupidez, ninguna, pero no me ha sonreído), síntomas… Si estaba casado (“a todos los efectos negativos, sí”, le he dicho, pero tampoco ha sonreido esta vez). Se ha leído íntegro mi historial y los resultados de todas las pruebas que me han hecho (que bien podrían resultar un nuevo tomo del Espasa), mientras yo le estudiaba a conciencia: dos o tres pulseritas sin definir (¿Formentera, la India, el mercadillo de su pueblo?), camiseta azul marino desvaído bajo la bata, vaqueros, el fonendo colgado de cualquier manera; el pelo densísimo y disparado en todas direcciones, barba de 3 días, cara alargada, guapo sin exagerar y alto altísimo. Demasiado blanco para ser mordible, su único defecto.
Mientras me hacía preguntas y tecleaba en su ordenador, he averiguado, con mi imaginación, que no tiene ni 30, que no juega al fútbol, que no es gay pero se besa con sus amigos como saludo; que su padre es médico también, que fue el número uno de su promoción, que tiene una novia pija que le adora de forma babeante, y que él, como yo, se pierde por el azul profundo de vez en cuando.
“¿Bebes?”, me pregunta.
“…Eeehhh, bueno, ahora, con la medicación y tal, no. Bueno, un vermú, una caña de vez en cuando, un poco de vino en la comida, nada grave”, digo con cautela, como excusándome.
“¿Y has bebido mucho?”, inquiere.
“Mucho, mucho… ¿qué es mucho?”, respondo medio inquieto medio de coña.
“Bueno, ya sabes: a diario, varios cubatas, 6 ó 7 los fines de semana durante mucho tiempo.”
“¿Eso es mucho? Entonces sí, he bebido mucho… Mucho… ¿Cuánto bebes tú?”
Me mira medio asombrado medio divertido, sigue tecleando y dice:
“Mucho”. Levanta la vista del teclado, me mira y nos reímos los dos…
Mi nuevo Dr. Perfecto me ha acompañado hasta la puerta de la sala de espera donde un grupo de abuelas esperaban ansiosas, nerviosas y muy arregladas; me ha dado dos palmaditas en el hombro y me ha dicho sin palabras: “bienvenido, bienvenido al club”.

Written by Zanobbi

junio 30, 2010 at 3:02 pm

Publicado en Cosas, Escribo y escriben

Tagged with , , , ,