La Mirada Displicente

Crónicas del Príncipe de las Bellotas

Canción nueva

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Me dijo que estaba escrito en la superficie de mi piel, y yo le creí.
Llegué a creerle porque desde el principio, sin contarle yo nada, supo todo sobre mí, todo lo que había ocurrido en los años de oscuridad, los de las absurdas plegarias encontradas. Que él viese en la superficie de mi piel, o en mis ojos, lo que me había destruido por dentro, me dejó más triste si cabe. Porque en ningún momento intenté, ni quise, que de mí saliese una sola brizna negra, nada de lo que compadecerse, nada por lo que dar explicaciones.
Que mi piel reflejase, siendo casi un niño, el helado abismo por el que yo vagaba, me parece una broma ahora. Una broma de muy mal gusto: abismos, surcos en la piel, el destino indeleble en cada marca…
Y me dijo que no podía competir con aquello, sin que yo entendiese qué quiso decir. No dijo que no podía luchar contra aquello, o que no podía asumir o vencer o vivir con aquello, no.
No podía competir…
¿Con lo que estaba escrito en mi piel, con los surcos y los abismos? ¿Con la mirada triste de un niño?
He buscado, en la superficie de la piel de muchos otros, alguna cosa escrita. Y sí, he visto marcas, manchas y cicatrices que a mí nunca me han dicho nada, salvo lo obvio. He rastreado surcos y explorado abismos intentando interpretar, intentando asumir el papel del poeta que él era aunque no escribiese nada, buscando palabras invisibles resaltadas en negrita sobre las pieles morenas que he disfrutado. Pero no encontré nada.
Yo leía y leo en los ojos y en los labios, que son las únicas partes de la cara que a mí me dicen algo, o mucho; a veces nada. Me desdicen con los ojos, me ruborizan con los labios… Pero no entiendo mucho de pieles. No entiendo mucho de nada. Y ahora tengo olvidadas las palabras que, escritas sobre la piel, me ningunean.

Written by Zanobbi

noviembre 22, 2011 at 5:10 pm

Los colores de la luna

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Ella pinta los colores de la luna mientras cree que no la veo. Desde mi rincón en penumbra la observo mirar al horizonte invisible de más allá de la ventana, donde ni hay luna ni hay nada. Y la veo dudar, pensar, acariciar con los dedos el lienzo y restregar, furiosa, los pinceles, llenando de colores una luna que no existe.
Miro su piel de hielo, clara, casi transparente, y veo la luna a través de ella, a través del cuerpo mil veces abrazado con todo el cuidado del que soy capaz, miedoso de romperlo, de arañarlo, de que desaparezca si aprieto demasiado fuerte. Y veo también, a través del vestido inexistente, sus pechos pequeños, casi infantiles. Su cuerpo es la bola de cristal donde siempre nieva, donde solo ves el paisaje que ella quiere que veas.
El foco que la alumbra arranca destellos en su pelo. “¿De qué color es tu pelo?”, le pregunté un día de aquellos; pero no me respondió. Permaneció sentada en su banqueta, apoyando un pie en ella y balanceando el otro en el vacío inmenso de nuestra habitación, con los talones rojos de la cera y el frío. Quise acariciarlos, besarlos, pero no me atreví a interrumpirla. Ni me atreví a preguntar ni imaginar otros colores que el extraño rubí que siempre lleva en la boca, el lugar pequeño y húmedo en el que me recojo cada noche.
Llevo horas aquí sentado a oscuras, mirándola. Preguntándome cómo no muere de frío, de dónde saca las fuerzas para pintar, para amarme, a estas alturas de nuestras vidas. Cómo puede ver algo en el negro horizonte de ahí fuera. Cómo son esos colores de la luna que yo nunca veo.

(Foto: Russell Croman)

Written by Zanobbi

noviembre 15, 2011 at 12:28 pm

Publicado en Escribo y escriben

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Hesse

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Paso las páginas de este libro y descubro los pequeños tesoros que escondimos: una hoja, mi foto, dos entradas para ver a alguien que murió hace años; palabras subrayadas, líneas, párrafos enteros. Veo tus anotaciones al margen y mis dibujos absurdos, la letra diminuta envolviendo mis apuntes de lo irreal y tu perfil inconfundible. Dibujé cien veces tu perfil, en aquellas páginas. Pero no me atrevo, no, a leer lo que allí escribiste, tus infinitas preguntas sobre aquello que leíamos, sobre lo que tú no entendías y yo simulaba hacerlo. Tus mensajes indirectos que yo envolvía con edificios y paisajes, convirtiendo tus palabras en frondosos bosques, olas en el mar y los rizos que aún bordean tu perfil.
He acariciado las páginas que aún desprenden los granitos de arena que robamos a nuestra playa, casi una a una, esperando la sorpresa; imaginando por anticipado qué otros tesoros descubriría hoy allí: más hojas de un árbol que no recuerdo, una cinta con la bandera de Francia y la carta, doblada mil veces, en la que rechazabas mi despedida.
¡Cuántas cosas caben en un libro que nunca volverías a leer! ¿Lo hará alguien en un futuro? ¿Encontrará alguien tus hojas y mis dibujos, o esa carta tan triste que me escribiste y que he vuelto a dejar abandonada entre las páginas de nuestro libro? ¿O será todo este material desechable reciclado? Desechables mis dibujos y tu caligrafía, las hojas de los árboles; desechable Francia, el autor del libro y todas sus páginas. ¿Encontrará alguien la senda del amor perdido que allí trazamos?

Written by Zanobbi

noviembre 7, 2011 at 11:10 am

OrdeppedrO

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Para cuando quise escuchar su voz por primera vez, yo ya estaba más que enamorado. Yo, claro, que de él no podría asegurar nada aunque fuese él quien viniese y acariciase mi rostro con el suyo a medio afeitar, un gesto inolvidable. Un simple roce durante el que no pude respirar ni moverme ni pestañear ni decir ni mirar ni gritar ni reír. Ni llorar, ni pensar. No pude pensar. Recuerdo que sólo quise que sus labios perfectos me besaran, que me abrazase, qué se yo; pero nada de eso ocurrió. Simplemente se agachó y, sin tan siquiera mirarme un instante a los ojos, sin pedirme permiso ni con la mirada, pegó su cara a la mía y la movió muy lentamente, unos cuantos segundos huérfanos, para dejar cicatrices ahí abandonadas para siempre… Cicatrices, sí. Surcos invisibles y profundos que desdibujaron mi carácter mientras me olvidaba de todo lo demás.
Me recuerdo ahora como el niño que era yo entonces. El niño asustado de polla inquieta que buscaba y buscaba entre el lodo. Yo buscaba, sí, y no me importaba mancharme. Y sucumbí a barros y alcantarillas, durmiendo con ratas, comiendo con lobos. Bebiendo la sangre infectada de montones de extraños. Soñando con el día en que alguien, en la suave penumbra de su habitación, acariciaría mi rostro con el suyo mientras yo sujetaba, a duras penas, una vela y dos vinilos. La enorme vela que iluminó durante meses las cenas y los negros vinilos de nuestras negras peleas, aquellos discos de generosas portadas que guardaban mis sueños y los suyos entre sus surcos.
Sus vinilos contra los míos.
Su mejilla contra la mía.
De entre las piedras con las que he tropezado mientras desmonto mi vida última, tú te has convertido en la más brillante. Tú, que desapareciste porque te lo pedí. Que me acompañaste durante mi primer paseo con los muertos y mi primer parto múltiple. Tú y tu sonrisa de medio lado.
Te recuerdo ahora como el adulto que siempre fuiste, brillante y desnudo sobre la roca.
No sé si te echo de menos, Pedro. Pero cuando miro por el retrovisor, resulta que ahora solo te veo a ti sentado en el asiento de atrás, bello como un griego, moreno como un morito de esos que tanto te gustaban. Ajeno como un belga.
De los cientos, de los miles, o de esos pocos que importan, eres tú el único al que me gustaría recibir en la penumbra de mi cuarto para volver a frotar suavemente mi mejilla contra la tuya.

Written by Zanobbi

octubre 20, 2011 at 8:09 pm

Jones Beach

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Algo en las gaviotas de Jones Beach (¿su descaro?) me hizo odiar la playa casi inmediatamente. Era eso, y el atronador rugido del mar gris y sucio, o la gente tan fea y tan rara que pululaba medio aterida por el paseo. A lo lejos, el Nikon Theatre parecía un barco abandonado y varado en medio de la laguna, recortándose contra el horizonte indefinido.
Treinta años después camino por el parking de Jones Beach lleno de furgonetas y descapotables que chorrean cerveza y estribillos por igual. Me miran, saludan y sonríen mientras paso entre brujas galesas, camioneras danzarinas, macarras tatuados, pijas y marilocas llorosas de todas las tallas. Es imposible, imposible, no recordar otros bailes, otras llamadas, otras lágrimas, otros maricas… Mientras, los gitanos que me rodean mastican y beben sin parar y las gaviotas se acercan, me roban los pitillos y parte del ánimo.
Camino alegre o lo parezco mientras oigo a Stevie ensayar “Moonlight”, su oda vampírica, el asesinato parcial de “Lady from the Mountains”.
Algo indefinible ocurre en Nueva York estos días. Será el calor o la humedad, pero nada parece lo mismo. Encuentro Nueva York muy provinciana, muy en su lugar de centro del universo. Nueva York es el ombligo al que todo el mundo mira y en el que pienso mientras el viento amenaza con llevárseme y hacerme desaparecer desde Jones Beach hasta el infinito.
En los treinta años desde el segundo advenimiento de la belladonna, todo ha transcurrido. Casi todo ha pasado. Y la sensación de que uno ya no es el mismo, de que se ha llegado tarde, está omnipresente en el sobrevuelo constante de las gaviotas, en el progresivo oscurecimiento del cielo y en los acordes que empiezan a escaparse del Nikon.
He bailado, yo, que ya nunca bailo salvo en la cocina. He bailado haciendo gestos ridículos, levantando los brazos por si alguno de los pajarracos tuviese a bien posarse o agarrarme y hacerme volar.
Treinta años nos ha costado a los unos y a los otros mejorar de un modo tan aburrido. Y envejecer sin remedio y sin aceptarlo. Somos mejores todos, mi novio, mis amigas, Stevie y yo, pero nos estamos quedando en nada.
Paseo con el corazón medio sobrecogido hacia el naufragio del Nikon Theatre como el santo niñito que va a hacer la primera comunión con treinta años de retraso, ansioso por recibir la hostia y con miedo de atragantarse. Recibir la hostia que los primeros compases de “Gold Dust Woman” me atizan en el centro de gravedad de mi sufrido cuerpo. Cierro los ojos y me balanceo de lado a lado, balanceo a L y deseo que el mundo se balanceé con nosotros. Rock on gold dust woman, take your silver spoon and dig your grave… Mientras, el polvo dorado, las gaviotas y las diez mil personas de alrededor desaparecen. Desaparezco yo de escena, de mi escena. Y lloro sin llorar, de alegría, de no sé qué. Y salto, quién lo diría, y agito los puños y señalo como jamás lo hice antes. No lo hice antes. Nunca.
Veo a L abalanzarse sobre el escenario, la cubierta abarrotada del Nikon, dispuesta a recibir la bendición y besar el altar, peleándose con camioneras, brujas galesas, pijas y marilocas ataviadas y gesticulantes. No había visto tanta adoración, tanto deslumbramiento, desde los pastorcitos de Fátima o la presentación de Cristiano. Stevie sonríe, se agacha y toca las manos y las cabezas de sus fieles mientras yo me dejo llevar, los diez minutos que dura el ritual, por el himno perfecto que nos pone a todos al borde de los diecisiete.
Love is what you believe it is… El aviso, el fin: una señal. Rugen las camioneras, chillan las locas, aplauden las pijas. Am I happy? Yes I am… ¿Y yo? ¿Soy feliz yo?
Me persiguen las gaviotas desde el paseo de Jones Beach hasta el rincón oscuro de mi ordenador, a seis mil kilómetros de distancia. Las veo sobrevolar y pararse sobre mí detenidas por el viento. O alzarse y bajar por Broadway cagándose sobre todo bicho viviente mientras yo camino solo. Solo. Y miro hacia atrás unas treinta calles y veo los mismos chicos que nunca tendrán treinta años menos. Miro hacia delante y veo otras treinta calles que desconozco. Y las gaviotas han desaparecido.

Written by Zanobbi

septiembre 9, 2011 at 7:13 pm

Néstor

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Has venido a verme, a preguntarme o pedirme no sé qué cosas y ya de paso, a quejarte un poco. Deberías saber que no te he escuchado. Nada, ni una sola palabra. Que te veía hablar mientras me mirabas fijamente a los ojos con esos tuyos tan bonitos -no sabría qué color adjudicarles- y que mientras tú me hablabas, yo no podía dejar de delinear con los míos la curva de tu pecho, supliendo la punta de mis dedos. Que he dibujado mentalmente hombros y brazos, nariz, rizos y vientre. Que he parado un par de veces en los bordes de las mangas, queriendo internarme, y he besado mentalmente cada labio, cada oreja.
Deberías saber que no deberías sonreírme, al menos de esa manera. Que acaricio tu nombre cuando te cruzas conmigo sin que eso suponga nada -nada- para ninguno de los dos. Que me abrazo a ti sin que lo notes cuando llegas cada mañana y muerdo el mismo polvo, ese que un par de horas después te envuelve y te desdibuja.
Deberías saber que paso demasiado tiempo solo. Que no hay hombres en mi vida, tan solo muñecos que colecciono y que a veces dan risa. Otras miedo. Y que cuando tú te acercas y me sonríes, y me preguntas, no me paro a pensar cómo me verás tú, o mejor dicho: cómo no me verás tú. ¿Me ves tú, Néstor? ¿Existo? ¿Sueño, río, lloro, duermo…? ¿Acaricia alguien tu piel justo a la altura del borde de las mangas?

Foto: Brett Cole

Written by Zanobbi

julio 20, 2011 at 2:48 pm

Publicado en Escribo y escriben, Gay

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Porto Puddu

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Pues claro que vinieron a verme los delfines. No tengo ni la más remota idea de qué extrañas vibraciones les han permitido saber que este año tendrían que venir ellos a verme a mí y no al contrario; dejar su deslumbrante azul de Punta Salinas por el mucho menos embriagador de Porto Pollo, a cientos de kilómetros de distancia.
No les esperaba, no. Soñaba con encontrar a otros, en esta perpetua infidelidad mía hacia los seres que quiero, pero no fue así.
Porto Pollo (o Porto Puddu para los que ya nunca surfeamos) amaneció tranquilo, a pesar de las dos docenas de barcos que allí fondeábamos. A pesar del velero más cercano, que la tarde anterior había escupido montones de adolescentes por la borda en un último baño y que parecían haberse desvanecido entre la noche y la luna. Y a pesar de mi propio barco, tan proclive a gritos, curdas y risas a cualquier hora del día o la noche, para mi desgracia.
Intentaba aprovechar los primeros rayos de sol sin que nadie me hablase, sin tener que ser amable o gracioso por una vez. Y mientras observaba a algunos chicos tan solitarios como yo deambulando por la preciosa playa, entre sorbito y sorbito del destemplado café los vi. Primero un lomo y luego otro, brillantes, como dos medias lunas que aparecen y desaparecen a medio camino del horizonte.
En qué estado me encontraré que la aparición de aquellos dos delfines, que en aquel momento no intuí míos, no fue capaz de hacerme dejar de zampar el estupendo bollito sardo que me ocupaba.
Les seguí un rato con la mirada hasta que su comportamiento me hizo levantar y saltar hacia la popa para observarles mejor. No es habitual, al menos para mí, ver delfines nadando lentamente entre barcos y tan cerca de una playa que en treinta minutos estaría atestada (los extranjeros tienen esta horrible manía de madrugar mucho). No sé cómo, pero en algún momento de aquella danza supe que los dos delfines que me enseñaban lomo y aletas eran mis delfines. ¿Tan lejos?, me pregunté. ¿Y por qué nadaban en círculos? ¿Por qué no conseguía verles la cara? ¿Por qué no saltaron al verme? ¿Por qué se atrevían a meterse en aquel lugar tan hostil para ellos?
Mis delfines nadaron muy lentamente, describiendo un círculo cada vez más cerrado, arqueando sus cuerpos para que pudiese verlos y seguir su rastro, pero sin mirarme. No, no me miraban, no clavaban sus preciosos ojos en mí como siempre lo hacen y eso me dejaba el café y el corazón helados. Tras describir una espiral interminable bucearon en el centro y desaparecieron. Cuando conseguí moverme me di cuenta de que no estaba solo, de que a mi lado había un par de miembros de la estrafalaria tripulación que siempre me acompaña observando, sin hablar, el lento cabalgar de los dos delfines. Alguien dijo algo, pero no lo escuché. Dejé abandonados café, bollos y parientes para irme corriendo hasta la proa y buscar a mis dos amigos en la parte más abierta de la cala.
Es difícil explicar por qué uno puede sentirse tan triste por el comportamiento de dos delfines. Quizás sea algo defectuoso en mí, algo heredado o algo que desarrollas tras una adolescencia complicada, vete tú a saber. Pero el caso es que allí estaba, solo, en la proa de este barco tan grande, mirando hacia todos lados con ansia, casi desesperado. Hasta que aparecieron de nuevo. Aunque algo más lejos, mis delfines repitieron exactamente la misma danza que habían interpretado entre los barcos. Y como la vez anterior, tampoco me miraron. Poco después desaparecieron a lo lejos.
Me senté en la proa mirando al infinito primero, imaginando los saltos que no se produjeron, y a la playa después, sin prestar atención alguna a niños o surferos, intentando comprender por qué mis dos delfines habían hecho un camino tan largo para ni siquiera mirarme, para describir aquel círculo eterno y bucear en las profundidades, dejándome solo hasta sabe dios cuándo.
¿Qué he hecho mal?, me pregunté. ¿Qué quisieron decirme?
Algo muy malo he debido hacer este año para merecerme esto, para que ni siquiera ellos hayan venido, como todos los años, a consolarme de todos mis males con un simple intercambio de miradas.

Written by Zanobbi

julio 17, 2011 at 8:24 pm