La Mirada Displicente

Crónicas del Príncipe de las Bellotas

Archive for the ‘Viajes’ Category

Manikarnika

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Encontré a Pawan sentado a su manera, en cuclillas, y rodeado de la basura habitual, al borde del polvoriento camino que nos llevaba a Sadhi y a mí hacia Varanasi. Fue Sadhi, cuyo nombre en hindi significa perfecto (aunque solo su esposa y yo sabemos que lo es), quien, sin decir una palabra, me cogió del brazo para detenerme y señaló a Pawan como si el diablo entorpeciese nuestro camino… Apenas reconocí al joven alto y arrogante que años atrás me pasó un dedo sucísimo por los labios indicándome que me callara más o menos para siempre.
Creo que Pawan no me reconoció cuando nos plantamos delante de él mientras tocaba aquella flauta con forma de calabaza. De uno de sus asquerosos cestos asomaba la cabeza una cobra vieja, juraría que la misma vieja zorra que no me dejaba dormir con su sola presencia en la habitación donde Pawan y yo recomponíamos cada noche nuestra destartalada vida.
Pawan y la vieja cobra…, la misma imagen que me sedujo dos días después de pisar este país por primera vez, me causaba ahora un dolor extraño, un vacío que amenazaba con aspirarme hacia el centro ilocalizado de mí mismo, si esto tuviese algún sentido.
Vi a Pawan y recordé los días que me sentaba a su lado disfrazado de él, hipnotizado por la danza de la cobra y la música que salía del hombre al que, sin apenas entender, amaba sin condiciones.
Pawan y yo compartimos muchas tardes de caminos polvorientos, niños curiosos que se acercaban demasiado y pocas, muy pocas monedas. Jugar a ser pobre me fascinó durante meses: la sensación engañosa de no tener nada, salvo nuestros cestos, la cobra y el amor que nos permitía dormir en cualquier sitio, comer lo que a alguien sobraba, beber de los labios del otro…
Amar a Pawan consistía en muy poca cosa: sonreír, fundirse en los ojos oscuros y dormir a su lado vigilados por la cobra. No había mucho de qué hablar porque lo hacíamos en idiomas diferentes, pero soñábamos en el mismo. Y una noche soñé que la cobra salía de su cesto y lentamente reptaba hasta la pierna de Pawan, a la que se enroscaba lujuriosa, y subía hasta su sexo, evitándome a mí, evitando mi mirada. Pero no se detuvo allí: miró, inspeccionó y acarició aquello con su extraña lengua tan solo una vez, cauta, y siguió su camino hasta el cuello de Pawan, que dormía como siempre lo hacía, sonriendo. La cobra se enroscaba y se enroscaba en el cuello de mi amado, pero yo no podía gritar, por más que lo intentaba. Me sorprendió, en mitad de mi sueño, que Pawan no despertase, que ni siquiera torciese el gesto mientras la cobra lo asfixiaba. Me sorprendió también el maravilloso contraste entre aquellas dos pieles magníficas, la una tan amada y la otra tan temida…
Desperté sudoroso y llorando al lado de mi Pawan dormido que, sin abrir los ojos, puso su mano sobre mi pecho y tamborileó los dedos como diciendo: “no pasa nada, duerme”.
Los meses junto a Pawan fueron los más felices de mi vida. Ni el vagar por los caminos bajo el sol turbio de la India, ni las miserables cabañas llenas de ratas donde dormíamos, o los golpes de los policías significaban nada frente al roce continuo de nuestros brazos al caminar o el gozo de ver su cuerpo brillar durante su baño matutino.
Y ahora veo a Pawan sentado al borde del camino, solo, intentando que la vieja cobra salga del cesto y haga dos tonterías con las que llevarse un poco de comida a la boca. Está más delgado, más sucio, y su extraño movimiento al tocar me hace sospechar que algo ha ocurrido, que hay algo de Pawan que ya no está allí.
Han pasado 6 años desde el dia que le dejé sentado en algún rincón del Manikarnika Ghat, mirando de frente la muerte y sin un gesto en su rostro. No conseguí una palabra suya de despedida, o de reproche, nada. Cuando terminé de explicarle como pude que hasta los sueños más hermosos terminan, me condujo hasta aquel lugar de la mano y se sentó allí, rodeado de leña y humo; rodeado de cadáveres que se consumían en el fuego mientras yo me consumía de pena. Quise abrazarle, pero se apartó un poco. Me miró y sonrió por última vez, juntando las manos sobre sus labios e inclinando la cabeza, diciéndome adiós como a un perfecto desconocido.
Pawan baila con su cobra, hipnotizado por su propia música. Los niños le imitan y se ríen, las mujeres le ignoran y algún hombre se acerca y deja unas monedas en la preciosa vasija de plata que, sorprendentemente, aún conserva. Hasta que por fin y de golpe la música termina, la cobra desaparece en el interior de su cesto y Pawan se queda inmóvil, con los ojos cerrados, como un juguete mecánico que se hubiese quedado sin cuerda. Está casi desnudo, pero no reconozco ninguna de sus cicatrices, ninguno de los caminos tantas veces recorridos. Me acerco y, muy bajito, le llamo: “¡Pawan, Pawan!” Pero no parece escucharme. “¡Pawan, soy yo!”, le digo en el poco hindi que conozco y bajo la mirada endurecida de Sadhi. Hasta que no toco suavemente su hombro, Pawan no parece enterarse de mi presencia allí. Abre los ojos y me mira, y siento que es la primera vez en la vida que lo hace. Veo sus ojos y a duras penas consigo no precipitarme, no disolverme en ellos. Pero Pawan no me ve. No es que no quiera reconocerme, es que no me ve, no sé explicarlo. Junta sus manos sobre los labios, como aquel último día de nuestras vidas, y se inclina repitiendo namaste muchas veces, moviendo la cabeza adelante y atrás muy suavemente. Sin verme.
“Namaste”, mi querido Pawan. He abierto el cesto de la vieja cobra y he escupido sobre ella, devolviéndole el veneno de mis sueños. También te he dejado un billete de 100 dólares en la vasija, no sé qué más podría dejarte.

Written by Zanobbi

diciembre 29, 2011 at 4:11 pm

Jones Beach

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Algo en las gaviotas de Jones Beach (¿su descaro?) me hizo odiar la playa casi inmediatamente. Era eso, y el atronador rugido del mar gris y sucio, o la gente tan fea y tan rara que pululaba medio aterida por el paseo. A lo lejos, el Nikon Theatre parecía un barco abandonado y varado en medio de la laguna, recortándose contra el horizonte indefinido.
Treinta años después camino por el parking de Jones Beach lleno de furgonetas y descapotables que chorrean cerveza y estribillos por igual. Me miran, saludan y sonríen mientras paso entre brujas galesas, camioneras danzarinas, macarras tatuados, pijas y marilocas llorosas de todas las tallas. Es imposible, imposible, no recordar otros bailes, otras llamadas, otras lágrimas, otros maricas… Mientras, los gitanos que me rodean mastican y beben sin parar y las gaviotas se acercan, me roban los pitillos y parte del ánimo.
Camino alegre o lo parezco mientras oigo a Stevie ensayar “Moonlight”, su oda vampírica, el asesinato parcial de “Lady from the Mountains”.
Algo indefinible ocurre en Nueva York estos días. Será el calor o la humedad, pero nada parece lo mismo. Encuentro Nueva York muy provinciana, muy en su lugar de centro del universo. Nueva York es el ombligo al que todo el mundo mira y en el que pienso mientras el viento amenaza con llevárseme y hacerme desaparecer desde Jones Beach hasta el infinito.
En los treinta años desde el segundo advenimiento de la belladonna, todo ha transcurrido. Casi todo ha pasado. Y la sensación de que uno ya no es el mismo, de que se ha llegado tarde, está omnipresente en el sobrevuelo constante de las gaviotas, en el progresivo oscurecimiento del cielo y en los acordes que empiezan a escaparse del Nikon.
He bailado, yo, que ya nunca bailo salvo en la cocina. He bailado haciendo gestos ridículos, levantando los brazos por si alguno de los pajarracos tuviese a bien posarse o agarrarme y hacerme volar.
Treinta años nos ha costado a los unos y a los otros mejorar de un modo tan aburrido. Y envejecer sin remedio y sin aceptarlo. Somos mejores todos, mi novio, mis amigas, Stevie y yo, pero nos estamos quedando en nada.
Paseo con el corazón medio sobrecogido hacia el naufragio del Nikon Theatre como el santo niñito que va a hacer la primera comunión con treinta años de retraso, ansioso por recibir la hostia y con miedo de atragantarse. Recibir la hostia que los primeros compases de “Gold Dust Woman” me atizan en el centro de gravedad de mi sufrido cuerpo. Cierro los ojos y me balanceo de lado a lado, balanceo a L y deseo que el mundo se balanceé con nosotros. Rock on gold dust woman, take your silver spoon and dig your grave… Mientras, el polvo dorado, las gaviotas y las diez mil personas de alrededor desaparecen. Desaparezco yo de escena, de mi escena. Y lloro sin llorar, de alegría, de no sé qué. Y salto, quién lo diría, y agito los puños y señalo como jamás lo hice antes. No lo hice antes. Nunca.
Veo a L abalanzarse sobre el escenario, la cubierta abarrotada del Nikon, dispuesta a recibir la bendición y besar el altar, peleándose con camioneras, brujas galesas, pijas y marilocas ataviadas y gesticulantes. No había visto tanta adoración, tanto deslumbramiento, desde los pastorcitos de Fátima o la presentación de Cristiano. Stevie sonríe, se agacha y toca las manos y las cabezas de sus fieles mientras yo me dejo llevar, los diez minutos que dura el ritual, por el himno perfecto que nos pone a todos al borde de los diecisiete.
Love is what you believe it is… El aviso, el fin: una señal. Rugen las camioneras, chillan las locas, aplauden las pijas. Am I happy? Yes I am… ¿Y yo? ¿Soy feliz yo?
Me persiguen las gaviotas desde el paseo de Jones Beach hasta el rincón oscuro de mi ordenador, a seis mil kilómetros de distancia. Las veo sobrevolar y pararse sobre mí detenidas por el viento. O alzarse y bajar por Broadway cagándose sobre todo bicho viviente mientras yo camino solo. Solo. Y miro hacia atrás unas treinta calles y veo los mismos chicos que nunca tendrán treinta años menos. Miro hacia delante y veo otras treinta calles que desconozco. Y las gaviotas han desaparecido.

Written by Zanobbi

septiembre 9, 2011 at 7:13 pm

Porto Puddu

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Pues claro que vinieron a verme los delfines. No tengo ni la más remota idea de qué extrañas vibraciones les han permitido saber que este año tendrían que venir ellos a verme a mí y no al contrario; dejar su deslumbrante azul de Punta Salinas por el mucho menos embriagador de Porto Pollo, a cientos de kilómetros de distancia.
No les esperaba, no. Soñaba con encontrar a otros, en esta perpetua infidelidad mía hacia los seres que quiero, pero no fue así.
Porto Pollo (o Porto Puddu para los que ya nunca surfeamos) amaneció tranquilo, a pesar de las dos docenas de barcos que allí fondeábamos. A pesar del velero más cercano, que la tarde anterior había escupido montones de adolescentes por la borda en un último baño y que parecían haberse desvanecido entre la noche y la luna. Y a pesar de mi propio barco, tan proclive a gritos, curdas y risas a cualquier hora del día o la noche, para mi desgracia.
Intentaba aprovechar los primeros rayos de sol sin que nadie me hablase, sin tener que ser amable o gracioso por una vez. Y mientras observaba a algunos chicos tan solitarios como yo deambulando por la preciosa playa, entre sorbito y sorbito del destemplado café los vi. Primero un lomo y luego otro, brillantes, como dos medias lunas que aparecen y desaparecen a medio camino del horizonte.
En qué estado me encontraré que la aparición de aquellos dos delfines, que en aquel momento no intuí míos, no fue capaz de hacerme dejar de zampar el estupendo bollito sardo que me ocupaba.
Les seguí un rato con la mirada hasta que su comportamiento me hizo levantar y saltar hacia la popa para observarles mejor. No es habitual, al menos para mí, ver delfines nadando lentamente entre barcos y tan cerca de una playa que en treinta minutos estaría atestada (los extranjeros tienen esta horrible manía de madrugar mucho). No sé cómo, pero en algún momento de aquella danza supe que los dos delfines que me enseñaban lomo y aletas eran mis delfines. ¿Tan lejos?, me pregunté. ¿Y por qué nadaban en círculos? ¿Por qué no conseguía verles la cara? ¿Por qué no saltaron al verme? ¿Por qué se atrevían a meterse en aquel lugar tan hostil para ellos?
Mis delfines nadaron muy lentamente, describiendo un círculo cada vez más cerrado, arqueando sus cuerpos para que pudiese verlos y seguir su rastro, pero sin mirarme. No, no me miraban, no clavaban sus preciosos ojos en mí como siempre lo hacen y eso me dejaba el café y el corazón helados. Tras describir una espiral interminable bucearon en el centro y desaparecieron. Cuando conseguí moverme me di cuenta de que no estaba solo, de que a mi lado había un par de miembros de la estrafalaria tripulación que siempre me acompaña observando, sin hablar, el lento cabalgar de los dos delfines. Alguien dijo algo, pero no lo escuché. Dejé abandonados café, bollos y parientes para irme corriendo hasta la proa y buscar a mis dos amigos en la parte más abierta de la cala.
Es difícil explicar por qué uno puede sentirse tan triste por el comportamiento de dos delfines. Quizás sea algo defectuoso en mí, algo heredado o algo que desarrollas tras una adolescencia complicada, vete tú a saber. Pero el caso es que allí estaba, solo, en la proa de este barco tan grande, mirando hacia todos lados con ansia, casi desesperado. Hasta que aparecieron de nuevo. Aunque algo más lejos, mis delfines repitieron exactamente la misma danza que habían interpretado entre los barcos. Y como la vez anterior, tampoco me miraron. Poco después desaparecieron a lo lejos.
Me senté en la proa mirando al infinito primero, imaginando los saltos que no se produjeron, y a la playa después, sin prestar atención alguna a niños o surferos, intentando comprender por qué mis dos delfines habían hecho un camino tan largo para ni siquiera mirarme, para describir aquel círculo eterno y bucear en las profundidades, dejándome solo hasta sabe dios cuándo.
¿Qué he hecho mal?, me pregunté. ¿Qué quisieron decirme?
Algo muy malo he debido hacer este año para merecerme esto, para que ni siquiera ellos hayan venido, como todos los años, a consolarme de todos mis males con un simple intercambio de miradas.

Written by Zanobbi

julio 17, 2011 at 8:24 pm

Dulce Ganesh

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La primera vez que vi a Ganesh acabé corriendo ridículamente delante de él, en un atardecer apestoso en Nueva Delhi. Yo salía sudando de la horrible tumba de Gandhi cuando, al cruzar la calle, oí un estrépito y vi a dos locos montados sobre un sucio elefante que lanzaron contra mí, descojonándose. Muerto de miedo intenté alejarme pero, cuando pasaron a mi lado, el elefante me pegó un porrazo con la trompa y caí sobre un montón de basura. Los chicos del elefante se reían y me gritaban cosas en ese idioma chillón e irritante, y amenazaban, o eso creía yo, con dar la vuelta y venir a por mí. Sentado sobre aquel montón de basura ni sentí dolor ni nada, tan solo el tremendo susto de verte arrollado por semejante monstruo y de descubrir, atónito, que no podía apartar mi vista del culo del elefante que, en comparación con el resto, me resultó muy limpio y casi infantil, mordible.
Cuando ya iban a torcer y perderse de vista, el elefante giró la cabeza, me miró directamente a los ojos con el suyo izquierdo y me dijo, en perfecto castellano y voz preciosa: “Siento mucho el golpe. Espero no haberte lastimado. Me llamo Ganesh”.
Por supuesto, yo jamás había oído hablar a un elefante; ignoraba que pudiesen hacerlo, además, aunque he de reconocer que en este país de locos ya nada me sorprende. Pensé: “Ganesh, Ganesh…”, y recordé que el elefante parlanchín se llamaba como uno de los miles de dioses a los que estos indios majaras adoran. Pero aparte del culito respingón, Ganesh no tenía nada de idílico. Además, recordé enseguida que Ganesh, el dios elefante, solo tiene de estos la cabeza, mientras que el resto del cuerpo corresponde a un señor gordito de mediana edad y muy poco interesante.
Atribuí mi charla unilateral con el elefante a los efectos del porrazo que el animal me había dado con la trompa, y pronto lo olvidé. Pero a partir de ese momento, cada vez que me encontraba con algún elefante en algún lugar de la India, yo notaba que el animalillo me miraba de un modo especial, algo parecido a ese mirar intencionado de las vacas; un pestañeo que empezó a resultarme incómodo. Si no hubiese sido imposible, habría jurado que aquellos bichos estaban coqueteando conmigo. Y vi muchos elefantes esos días, como si me persiguiesen con aquellas miradas que fueron pasando de la timidez a lo que empecé a sentir como una lujuria desenfrenada que aquellos ojos negros lanzaban sobre mí. Así que empecé a preocuparme.
Fue a los pies del fuerte Amber donde Ganesh me habló por segunda vez. A pesar de la insistencia de mis amigos, yo me negaba a subir a ningún elefante de las decenas que allí había. Una cosa es que hubiese olvidado la voz que me habló en Delhi, pero el porrazo y el susto los seguía recordando bien. Y el culo. Y en estas estaba yo discutiendo cuando noté unos golpecitos en el hombro: giré la cabeza lo suficiente y vi una cosa parecida a una nariz que insistía en toquetearme y olisquearme también el cuello. Me volví enfadado, realmente enfadado y, cuando iba a decirle al coloreado jinete que apartara al elefante sobón, este, con voz de locutor de radio, me dijo: “Z., soy yo, Ganesh”. Miré alternativamente a mis amigos y al jinete, maravillado, pero nadie parecía haber escuchado nada, y el elefante parecía mirarme únicamente a mí. Hasta parecía sonreírme.
Por un momento pensé que mis amigos eran parte de la broma, así que les grité algo como que se dejaran de coñas y volví a chillar a aquel indio disfrazado para que apartara el animal de allí. Pero el guapo y sucio jinete estaba entretenido sacándose pelotillas de la nariz y no me hacía ni puto caso. Miré al elefante e, instantáneamente, como en un sueño, me sentí flotar llevado por su elegante y triste parpadeo.
“¡No eres Ganesh!”, le grité. “¡Ganesh tiene cuerpo de hombre fofo y tú eres un elefante como todos los demás!”
“No querrás que me aparezca, en medio de los turistas, con la polla colgando”, me dijo un tanto chulescamente.
“Ya llevas la polla colgando, cariño; o al menos eso raro que tenéis ahí los elefantes, así que no me vengas con chorradas”, le dije.
“Z., soy Ganesh, el hijo de Parvati, y quiero casarme contigo”, me dijo tras unos segundos de silencio y en el tono más triste.
Mi amor y mi fascinación por este país enloquecido me han llevado a hacer muchas tonterías, creerme muchas patrañas y caer en los timos más tontos. Pero esto era el colmo. Cuando me quise dar cuenta ya estaba a lomos de otro elefante, más grande que el que me había hablado y ahora subía la cuesta del fuerte Amber justo delante de nosotros con alguno de mis amigos encima. Como aquella tarde en Delhi, yo no podía apartar los ojos de aquel culo extraño que se movía al compás de la caravana multicolor y se recortaba contra los muros majestuosos de Amber Fort. Empecé a marearme, a sentir oleadas de calor que nacían en mis propias nalgas, que ardían al contacto con la piel de este otro elefante. Y cuando sentí que iba a caer, desfallecido, noté de nuevo una trompa que me sujetaba por el cuello muy suavemente, muy dulcemente, y me colocaba en mi sitio.
Me recuperé muy poco a poco, bañado ahora por una corriente de aire fresca y muy perfumada, y me di cuenta de que el elefante no había retirado la trompa de mis hombros, aunque no sentía su peso. Aquella extraña y húmeda nariz recorrió mi cuello una vez más, me acarició la nuca, expulsó aire sobre mi cara y jugueteó tímidamente con mis labios.
Sin poderlo remediar, acaricié aquel triángulo de piel áspera como lija que quedaba entre mis piernas, sin saber muy bien por qué, sin ver otra cosa en el mundo.
Ganesh me habló de nuevo, esta vez por boca del elefante en el que yo montaba, el que me acariciaba con su trompa:
“Z., cásate conmigo. Estoy muy solo”.
He de reconocer que a esas alturas mi excitación era tremenda. El roce de su piel áspera con la de mis piernas, mi mano que no podía dejar de acariciarla, la humedad perfecta de la trompa sobre mis labios y el rítmico baile del culo del elefante que nos precedía… Todo aquello me tenía sumido en una especie de sueño húmedo pero en vigilia, algo muy raro.
La ascensión hasta el fuerte Amber cambió mi vida sin que yo me diese cuenta de nada. En menos de media hora, mientras Ganesh me susurraba cosas maravillosas al oído y mezclaba su sudor con el mío a través de su espalda y mis nalgas, recordé mi historia, tan vulgar y aburrida, y la suya, tan increíble y cruel.
Ganesh era el hijo que la diosa Parvati, esposa de Shiva, engendró, en una noche loca, con el guardián de su puerta. Por supuesto, cuando nació el niño, Shiva lo rechazó y sin inmutarse lo más mínimo, le cortó la cabeza. Parvati, infiel pero sensible, lloró un montón; tanto que Shiva, afligido por la tristeza de la zorra de su mujer, le prometió que le pondría al niño la cabeza del primero que pasase por la puerta. Y el primero que por allí pasó fue un elefante… Bueno, al menos esta es una de las varias opciones que mi pobre Ganesh tiene para contar su historia, ni él mismo sabe cuál es exactamente la buena.
En todas sus representaciones, y al contrario que Hanuman (el dios mono, que está bastante bueno), Ganesh es… poco apetecible. Los elefantes al natural son mucho más guapos, mucho más atractivos que Ganesh en las miles de estatuas y pinturas que puedes encontrar por ahí. Ni siquiera han sido capaces de buscarle un cuerpo bien formado para compensar el desastre. ¡Cuántas veces pensé, antes de que Ganesh me hablase, lo bien que quedaría esa poderosa y noble cabeza de elefante sobre un cuerpo escultural y un pelín macarrilla!
Para cuando quisimos llegar a lo alto del fuerte Amber, yo ya estaba perdido. No veía nada, ni escuchaba nada; mis amigos no existían, ni la multitud de vendedores y niños, nada.
Bajé del elefante con un esfuerzo terrible. No quería dejar de sentir el contacto ardiente de mi sexo contra el montículo de su espalda, ni el abrazo -ya vital- de la trompa. Fue él quien me ayudo a descender, insuflando aire desde la húmeda nariz, que posó suavemente sobre mis labios, a mis pulmones. ¿O aquello fue un beso? No lo sé. Perdí la noción de todo y supliqué agua.
Miré a Ganesh, que ahora era otro elefante muy, muy guapo, ataviado con una manta dorada con bordados de flores y una especie de corona, que estaba frente a mí moviendo la cabeza de lado a lado.
“¡Ganesh!”, le dije, “¡No me abandones! ¡Ayúdame a comprender todo esto!”
El elefante sonrió (de verdad, lo hizo) y me dijo: “Tú ya comprendes todo esto”
Aquella noche, en la tranquilidad de la habitación de mi hotel, pasé las horas entre la euforia y el desconcierto. Nunca me había dado por la zoofilia, la verdad; no la entendía. Y no entendía qué me pasaba, qué veía yo de pronto en aquellos culos gigantes, que sentimiento nuevo despertaba en mí una trompa que, analizada fríamente, daba bastante asco… Además, yo no creía en dios, ni en dioses, ni jamás me había dado por lo espiritual. Ni, por supuesto, me creía que un elefante hablase y, mucho menos, en aquellos términos. ¡Casarse con un elefante, con un dios…! Inspeccioné una a una todas mis pastillas, pensando que me había confundido y algo de lo mucho que tomaba estaba produciendo alucinaciones y priapismos varios. Pero no, el arsenal era el mismo de siempre y eso me preocupó aún más.
Ganesh, Ganesh… Desesperado, rebusqué en las entrañas de mi desportillado aifon quién coño era de verdad Ganesh y cuanta historia pude encontrar en wikipedias y otros ilustres templos del saber; visité páginas y páginas de un misticismo inaguantable, blogs de pijos iluminados por carísimos viajes organizados por Catai al triángulo de oro, símbolos extraños e imágenes dantescas…
¿Ganesh no estaría ya casado con alguien? ¿Era bisexual? ¿Podía un elefante ser gay…? Pero la pregunta más importante, “¿por qué yo?”, no la encontré nunca en ninguna página web, en ninguna red.

Anoche desperté abrazado a la trompa de Ganesh, como casi todos los días. Despertar suavemente y sentir mi cuerpo desnudo abrazado a la trompa de mi dios es el principio de uno de mis muchos momentos de gloria. Yo me despierto y me aprieto aún más fuerte, lo que le da a Ganesh la señal de que estoy dispuesto. El gira el resto de su trompa, el extremo dulce y húmedo de su nariz, hacia mí, y empieza el delirio.
Ganesh y yo nos casamos sin mucha ceremonia. Parvati estaba ocupada follándose a alguien y Shiva no encontraba muy razonable nuestro matrimonio. Hanuman, luciendo palmito, sí acudió, pero yo ya estaba ciego para él. Mi familia, por supuesto, no asistió.
Le puse una condición para nuestro casamiento, y era que nunca, nunca más, volviese a mostrarse delante de mí con su cuerpo humano, ese que yo aborrecía desde los carteles que vi hace cientos de años en un escaparate de Jaipur. Yo, a cambio, prometí nunca más dejarme llevar por la tristeza.
Hace poco recibí una carta en la que una amiga me exigía que le explicase qué clase de enfermo era yo, que me revolcaba con un elefante, por muy en el olimpo hindú que esto ocurriese y por muy dios de segunda que mi elefante fuese. Empecé a contestarle describiendo primero los susurros al oído, los cuentos, las historias; sus palabras dulces e hipnóticas. Y después los detalles más densos sobre aquel culo que me hechizaba, por qué enloquecía con la caricia de su trompa o cómo querer morir si besas tan solo uno de sus ojos… Pero no creo haber conseguido explicarle nada. No importa.
Tengo calor mientras escribo esto y Ganesh viene y me abanica con el aleteo simple de sus pestañas. Me mira y le miro. Y a pesar de esa mirada triste, de ese movimiento taciturno de su cabeza, sé que él es feliz a mi lado. Le beso en la punta de la trompa y él me levanta suavemente de los almohadones en que me apoyo y me sube a su grupa (¿tienen grupa los elefantes?). Salimos al exterior, donde veo ríos sagrados, gente que reza a la luz del atardecer y niños que corren y ríen. Le recojo ambas orejas sobre la cabeza, me tumbo encima y le canto, lo mejor que puedo, alguna de las pocas canciones que ya recuerdo.

Written by Zanobbi

mayo 17, 2011 at 3:05 pm

Bs As

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Desde que llegué a Buenos Aires te ando buscando. Sin resultados, por supuesto.
Que tus emails vacíos, limpios de palabras y letras, no me echasen para atrás, es algo que aún no entiendo. En mis sueños, despierto como siempre, me pregunto qué hago yo en Buenos Aires, qué otros muchos encontraré antes de encontrarte a ti para, al final, no encontrarte nunca.
Aparto de mí, a pedradas, demonios argentinos. Respiro Buenos Aires, sudo Buenos Aires. Sonrío en Buenos Aires. Y vivo, como entonces, bajo miradas tangenciales o directamente abrumadoras.
Te traje varias cosas, desde mi recluido monasterio: dos cajitas de madera que alguien te hizo, la sinrazón aparente de tu huida y todo el olvido que se apoderó de mí en aquel momento. También traigo el edredón que nos cubría, ahora en Madrid no me hace falta y yo aún mantengo la esperanza.

(La foto es de Fiorella Di Biase)

Written by Zanobbi

marzo 22, 2011 at 2:52 pm

El camino a Kumbalgarh

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Os perdí en el camino a Kumbalgarh.
Ni siquiera me di cuenta de en qué punto me abandonasteis, o si quizás fui yo quien os dejó. Solo recuerdo la moto alquilada (una reliquia destartalada), los árboles, los saris rojos y aquellos niños que surgían de la nada, acribillándonos a peticiones y sonrisas.
¿Qué dijisteis, para que os dejase tirados en cualquier sitio?
¿Qué hice yo para obligarme a hacer el camino solo?
Recorrí el camino desde Udaipur a Kumbalgarh sin volverme, sin querer regresar, con la kurta enrollada por la cintura y los pantaloncillos de rayas que nadie se pone aquí, un turista más. Recuerdo cada una de las piedras que sorteé y todos los agujeros de la carretera, sin casco por una vez, sonriendo y tragando mosquitos, polvo y todos los colores inimaginados que encontré en mi ruta llena de pequeñas aldeas, hombres de dientes blanquísimos tumbados a la bartola y elegantes mujeres con los pies clavados en el barro y la mirada en sus hijos mientras trabajan, incansables, la tierra.
La ruta hacia Kumbalgarh es una sucesión de cuestas y curvas, interrogantes y mentiras, bueyes, vacas, norias, palmeras, elefantes, viejos, basura, niños pequeños que sostienen a niños más pequeños aún; camellos, cuervos, turbantes, patos, carros, gallinas y ojos que se clavan en los tuyos. Cada uno es una sonrisa, una historia diferente.
Algún día volveré a Kumbalgarh. Alquilaré una moto tan destartalada como la anterior y recorreré de nuevo ese camino en el que os perdí, sin esperanza alguna de encontraros (no quiero encontraros, además). Y beberé del agua contaminada, me rebozaré en el barro con los bueyes y los niños y comeré todo lo que me ofrezcan. Me comeré también las sonrisas y los cabellos negros aceitados, los pendientes, las pestañas… Volveré a Kumbalgarh, aunque me lleve tres meses el camino, y me perderé por el paisaje fantástico de aquel lugar fantasmal, pisando descalzo cada una de las piedras de sus templos y trepando hasta lo más alto de la fortaleza que haré mía.
¿Qué no visteis en Kumbalgarh? ¿Qué coraza os impide mirar?
Nadie lee una novela mientras la vida real, apabullante, pasa a tu alrededor.
Nadie duerme mientras las imágenes que te rodean se clavan en tu corazón y en tus tripas para siempre.

Written by Zanobbi

enero 12, 2011 at 12:28 pm

Publicado en Escribo y escriben, Viajes

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Manvar

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Cuando llegué a Manvar  me sobrevolaron todos los murciélagos gigantes que puedas imaginar. No recordé nada. Te vi sentado en aquella mesa multicolor, aunque en realidad no estabas. Y mientras bebía aquel té tan denso a sorbitos, pensé en lo lejos que estabas, lo lejos que también me hubiese sentido aunque hubieras estado allí.
Los murciélagos de Manvar me recordaron los mosquitos en Gwalior, unos años antes. Sonreí al pensar cómo huíamos de los mosquitos, aún bañados en loción mágica… Ahora me hubiese dejado mordisquear por aquellos murciélagos horribles.
La ausencia de dunas me produjo una sensación extraña: no tengo dunas, ni piel que acariciar; una mierda de desierto.
Me olvidé de los murciélagos y de las dunas porque el sol, como tantas otras veces, vino a saludarme y hacer su reverencia de buenas noches. El sol…  Veía a lo lejos todos aquellos chicos con sus kurtas y sus turbantes rojos, yendo de un sitio a otro, preparando la cena que, probablemente, no probaría, cuando el sol se detuvo a pocos centímetros del horizonte.
“¿Qué pasa?”, me pregunté o le pregunté al sol directamente, no sé. “¿Por qué te paras?”
Oigo al sol a veces, pero no quiso hablarme en Manvar. Se paró sin más, inundando aquel desierto tan raro con una luz casi gris en la que solo destacaba él, todo rojo y oro. “¿Por qué te paras?”, repetí sin abrir los labios, y se me llenaron los ojos de lágrimas.
Las noches en Manvar son frías. Todo en Manvar fue frío para mí. Porque, al final, el sol me hizo caso y prosiguió su marcha, hundiéndose tras los turbantes rojos en un momento que deseé fuese para siempre.

Manvar Camp

Written by Zanobbi

enero 1, 2011 at 7:56 pm