La Mirada Displicente

Crónicas del Príncipe de las Bellotas

OrdeppedrO

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Para cuando quise escuchar su voz por primera vez, yo ya estaba más que enamorado. Yo, claro, que de él no podría asegurar nada aunque fuese él quien viniese y acariciase mi rostro con el suyo a medio afeitar, un gesto inolvidable. Un simple roce durante el que no pude respirar ni moverme ni pestañear ni decir ni mirar ni gritar ni reír. Ni llorar, ni pensar. No pude pensar. Recuerdo que sólo quise que sus labios perfectos me besaran, que me abrazase, qué se yo; pero nada de eso ocurrió. Simplemente se agachó y, sin tan siquiera mirarme un instante a los ojos, sin pedirme permiso ni con la mirada, pegó su cara a la mía y la movió muy lentamente, unos cuantos segundos huérfanos, para dejar cicatrices ahí abandonadas para siempre… Cicatrices, sí. Surcos invisibles y profundos que desdibujaron mi carácter mientras me olvidaba de todo lo demás.
Me recuerdo ahora como el niño que era yo entonces. El niño asustado de polla inquieta que buscaba y buscaba entre el lodo. Yo buscaba, sí, y no me importaba mancharme. Y sucumbí a barros y alcantarillas, durmiendo con ratas, comiendo con lobos. Bebiendo la sangre infectada de montones de extraños. Soñando con el día en que alguien, en la suave penumbra de su habitación, acariciaría mi rostro con el suyo mientras yo sujetaba, a duras penas, una vela y dos vinilos. La enorme vela que iluminó durante meses las cenas y los negros vinilos de nuestras negras peleas, aquellos discos de generosas portadas que guardaban mis sueños y los suyos entre sus surcos.
Sus vinilos contra los míos.
Su mejilla contra la mía.
De entre las piedras con las que he tropezado mientras desmonto mi vida última, tú te has convertido en la más brillante. Tú, que desapareciste porque te lo pedí. Que me acompañaste durante mi primer paseo con los muertos y mi primer parto múltiple. Tú y tu sonrisa de medio lado.
Te recuerdo ahora como el adulto que siempre fuiste, brillante y desnudo sobre la roca.
No sé si te echo de menos, Pedro. Pero cuando miro por el retrovisor, resulta que ahora solo te veo a ti sentado en el asiento de atrás, bello como un griego, moreno como un morito de esos que tanto te gustaban. Ajeno como un belga.
De los cientos, de los miles, o de esos pocos que importan, eres tú el único al que me gustaría recibir en la penumbra de mi cuarto para volver a frotar suavemente mi mejilla contra la tuya.

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Written by Zanobbi

octubre 20, 2011 a 8:09 pm

7 comentarios

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  1. Cada vez me gusta más como escribes, aunque lo hagas poco (y aun así, lo haces más que yo). Si oigo hablar de Pedro, te aviso :)

    stygyan

    octubre 20, 2011 at 9:06 pm

  2. Gracias, guapo. Nos tenemos muy abandonados. Espero que todo te vaya un poco mejor que la última vez. Beso.

    Zanobbi

    octubre 22, 2011 at 6:38 pm

  3. Sé que sigue vivo, que está ahí. Me lo recuerda cada día con sus llamadas perdidas. Pero tan perdidas son esas llamadas como lo va a estar él. Marca el proverbio que no se pueden regalar zapatos a las personas que uno quiere porque empiezan a caminar y normalmente se alejan. Eso ha ocurrido. Las llamadas perdidas surgen ahora desde otro lugar, mucho más lejano. Más distante en el espacio y en el tiempo. Posiblemente jamás vuelva a sentir sus besos, ni sus caricias, ni su mirada. Solo quedan llamadas perdidas.

    stultifer

    octubre 26, 2011 at 12:23 pm

  4. Tus palabras dedicadas a mi hermano me han emocionado tanto q no dejo d leer y releerlo, me parece maravilloso lo bien q expresan tus sentimientos, gracias d nuevo. Sigue escribiendo, es un regalo para todos los q podemos leerte.

    Francisca ontiveros

    junio 10, 2016 at 7:35 pm

  5. Escribí esto hace 5 años. Ahora no sé ni qué decir. Llevo toda la tarde con mil imágenes en la cabeza y mil sentimientos en el corazón. ¿De qué pasta estoy hecho? ¿A qué viene esta amargura ahora?
    No sé si es la edad la que me enferma de nostalgia o la nostalgia la que envenena la edad.
    Querida F: no te conozco, o quizás sí (conocí a alguna de sus hermanas en el piso de Velázquez, hace ya tanto tiempo). Supongo que te resulta raro, después de 20 años. Ni siquiera te he preguntado cómo o por qué, no quiero ni imaginármelo.
    Pedro llenó mi vida de músicas y comidas entonces para mí extrañas. Me peleó con mis creencias, mis pijeríos y mis niñerías. Me hizo el regalo más importante de mi vida una noche que yo me puse insoportable. Y me acompañó en silencio, a mí y a mis siete perros, el día que mi hermano se fue sin despedirse. Quizás estén juntos ahora riéndose de todo esto. Me gustaría creer eso. Me gustaría creer en algo.
    Me duele me duele me duele me duele
    Un beso fuerte.

    Zanobbi

    junio 10, 2016 at 8:07 pm

  6. Creo que es muy bonito lo que has escrito sobre mi hermano,gracias por compartirlo.

    Rosa María Ontiveros de Castro

    junio 11, 2016 at 9:20 pm

  7. Gracias a ti, Rosa. Un beso

    Zanobbi

    junio 12, 2016 at 7:40 am


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