La Mirada Displicente

Crónicas del Príncipe de las Bellotas

Jones Beach

with 3 comments

Algo en las gaviotas de Jones Beach (¿su descaro?) me hizo odiar la playa casi inmediatamente. Era eso, y el atronador rugido del mar gris y sucio, o la gente tan fea y tan rara que pululaba medio aterida por el paseo. A lo lejos, el Nikon Theatre parecía un barco abandonado y varado en medio de la laguna, recortándose contra el horizonte indefinido.
Treinta años después camino por el parking de Jones Beach lleno de furgonetas y descapotables que chorrean cerveza y estribillos por igual. Me miran, saludan y sonríen mientras paso entre brujas galesas, camioneras danzarinas, macarras tatuados, pijas y marilocas llorosas de todas las tallas. Es imposible, imposible, no recordar otros bailes, otras llamadas, otras lágrimas, otros maricas… Mientras, los gitanos que me rodean mastican y beben sin parar y las gaviotas se acercan, me roban los pitillos y parte del ánimo.
Camino alegre o lo parezco mientras oigo a Stevie ensayar “Moonlight”, su oda vampírica, el asesinato parcial de “Lady from the Mountains”.
Algo indefinible ocurre en Nueva York estos días. Será el calor o la humedad, pero nada parece lo mismo. Encuentro Nueva York muy provinciana, muy en su lugar de centro del universo. Nueva York es el ombligo al que todo el mundo mira y en el que pienso mientras el viento amenaza con llevárseme y hacerme desaparecer desde Jones Beach hasta el infinito.
En los treinta años desde el segundo advenimiento de la belladonna, todo ha transcurrido. Casi todo ha pasado. Y la sensación de que uno ya no es el mismo, de que se ha llegado tarde, está omnipresente en el sobrevuelo constante de las gaviotas, en el progresivo oscurecimiento del cielo y en los acordes que empiezan a escaparse del Nikon.
He bailado, yo, que ya nunca bailo salvo en la cocina. He bailado haciendo gestos ridículos, levantando los brazos por si alguno de los pajarracos tuviese a bien posarse o agarrarme y hacerme volar.
Treinta años nos ha costado a los unos y a los otros mejorar de un modo tan aburrido. Y envejecer sin remedio y sin aceptarlo. Somos mejores todos, mi novio, mis amigas, Stevie y yo, pero nos estamos quedando en nada.
Paseo con el corazón medio sobrecogido hacia el naufragio del Nikon Theatre como el santo niñito que va a hacer la primera comunión con treinta años de retraso, ansioso por recibir la hostia y con miedo de atragantarse. Recibir la hostia que los primeros compases de “Gold Dust Woman” me atizan en el centro de gravedad de mi sufrido cuerpo. Cierro los ojos y me balanceo de lado a lado, balanceo a L y deseo que el mundo se balanceé con nosotros. Rock on gold dust woman, take your silver spoon and dig your grave… Mientras, el polvo dorado, las gaviotas y las diez mil personas de alrededor desaparecen. Desaparezco yo de escena, de mi escena. Y lloro sin llorar, de alegría, de no sé qué. Y salto, quién lo diría, y agito los puños y señalo como jamás lo hice antes. No lo hice antes. Nunca.
Veo a L abalanzarse sobre el escenario, la cubierta abarrotada del Nikon, dispuesta a recibir la bendición y besar el altar, peleándose con camioneras, brujas galesas, pijas y marilocas ataviadas y gesticulantes. No había visto tanta adoración, tanto deslumbramiento, desde los pastorcitos de Fátima o la presentación de Cristiano. Stevie sonríe, se agacha y toca las manos y las cabezas de sus fieles mientras yo me dejo llevar, los diez minutos que dura el ritual, por el himno perfecto que nos pone a todos al borde de los diecisiete.
Love is what you believe it is… El aviso, el fin: una señal. Rugen las camioneras, chillan las locas, aplauden las pijas. Am I happy? Yes I am… ¿Y yo? ¿Soy feliz yo?
Me persiguen las gaviotas desde el paseo de Jones Beach hasta el rincón oscuro de mi ordenador, a seis mil kilómetros de distancia. Las veo sobrevolar y pararse sobre mí detenidas por el viento. O alzarse y bajar por Broadway cagándose sobre todo bicho viviente mientras yo camino solo. Solo. Y miro hacia atrás unas treinta calles y veo los mismos chicos que nunca tendrán treinta años menos. Miro hacia delante y veo otras treinta calles que desconozco. Y las gaviotas han desaparecido.

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Written by Zanobbi

septiembre 9, 2011 a 7:13 pm

3 comentarios

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  1. Despues de la comunion ahora te queda la confirmación… San Francisco, alla vamos…

    L

    septiembre 14, 2011 at 6:02 pm

  2. And the days go by… See you next time (¿SF?)

    ValG

    septiembre 15, 2011 at 4:26 am

  3. Nadie haría volar mejor a ésas gaviotas..
    pero nadie relataría mejor las sensaciones
    Me gusta que sigas aquí, vale?

    trasgu fantasma

    septiembre 24, 2011 at 1:38 am


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