La Mirada Displicente

Crónicas del Príncipe de las Bellotas

Porto Puddu

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Pues claro que vinieron a verme los delfines. No tengo ni la más remota idea de qué extrañas vibraciones les han permitido saber que este año tendrían que venir ellos a verme a mí y no al contrario; dejar su deslumbrante azul de Punta Salinas por el mucho menos embriagador de Porto Pollo, a cientos de kilómetros de distancia.
No les esperaba, no. Soñaba con encontrar a otros, en esta perpetua infidelidad mía hacia los seres que quiero, pero no fue así.
Porto Pollo (o Porto Puddu para los que ya nunca surfeamos) amaneció tranquilo, a pesar de las dos docenas de barcos que allí fondeábamos. A pesar del velero más cercano, que la tarde anterior había escupido montones de adolescentes por la borda en un último baño y que parecían haberse desvanecido entre la noche y la luna. Y a pesar de mi propio barco, tan proclive a gritos, curdas y risas a cualquier hora del día o la noche, para mi desgracia.
Intentaba aprovechar los primeros rayos de sol sin que nadie me hablase, sin tener que ser amable o gracioso por una vez. Y mientras observaba a algunos chicos tan solitarios como yo deambulando por la preciosa playa, entre sorbito y sorbito del destemplado café los vi. Primero un lomo y luego otro, brillantes, como dos medias lunas que aparecen y desaparecen a medio camino del horizonte.
En qué estado me encontraré que la aparición de aquellos dos delfines, que en aquel momento no intuí míos, no fue capaz de hacerme dejar de zampar el estupendo bollito sardo que me ocupaba.
Les seguí un rato con la mirada hasta que su comportamiento me hizo levantar y saltar hacia la popa para observarles mejor. No es habitual, al menos para mí, ver delfines nadando lentamente entre barcos y tan cerca de una playa que en treinta minutos estaría atestada (los extranjeros tienen esta horrible manía de madrugar mucho). No sé cómo, pero en algún momento de aquella danza supe que los dos delfines que me enseñaban lomo y aletas eran mis delfines. ¿Tan lejos?, me pregunté. ¿Y por qué nadaban en círculos? ¿Por qué no conseguía verles la cara? ¿Por qué no saltaron al verme? ¿Por qué se atrevían a meterse en aquel lugar tan hostil para ellos?
Mis delfines nadaron muy lentamente, describiendo un círculo cada vez más cerrado, arqueando sus cuerpos para que pudiese verlos y seguir su rastro, pero sin mirarme. No, no me miraban, no clavaban sus preciosos ojos en mí como siempre lo hacen y eso me dejaba el café y el corazón helados. Tras describir una espiral interminable bucearon en el centro y desaparecieron. Cuando conseguí moverme me di cuenta de que no estaba solo, de que a mi lado había un par de miembros de la estrafalaria tripulación que siempre me acompaña observando, sin hablar, el lento cabalgar de los dos delfines. Alguien dijo algo, pero no lo escuché. Dejé abandonados café, bollos y parientes para irme corriendo hasta la proa y buscar a mis dos amigos en la parte más abierta de la cala.
Es difícil explicar por qué uno puede sentirse tan triste por el comportamiento de dos delfines. Quizás sea algo defectuoso en mí, algo heredado o algo que desarrollas tras una adolescencia complicada, vete tú a saber. Pero el caso es que allí estaba, solo, en la proa de este barco tan grande, mirando hacia todos lados con ansia, casi desesperado. Hasta que aparecieron de nuevo. Aunque algo más lejos, mis delfines repitieron exactamente la misma danza que habían interpretado entre los barcos. Y como la vez anterior, tampoco me miraron. Poco después desaparecieron a lo lejos.
Me senté en la proa mirando al infinito primero, imaginando los saltos que no se produjeron, y a la playa después, sin prestar atención alguna a niños o surferos, intentando comprender por qué mis dos delfines habían hecho un camino tan largo para ni siquiera mirarme, para describir aquel círculo eterno y bucear en las profundidades, dejándome solo hasta sabe dios cuándo.
¿Qué he hecho mal?, me pregunté. ¿Qué quisieron decirme?
Algo muy malo he debido hacer este año para merecerme esto, para que ni siquiera ellos hayan venido, como todos los años, a consolarme de todos mis males con un simple intercambio de miradas.

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Written by Zanobbi

julio 17, 2011 a 8:24 pm

Una respuesta

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  1. Surfers and dolphins: do you remember Ojai?

    ValG

    julio 21, 2011 at 2:24 pm


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