La Mirada Displicente

Crónicas del Príncipe de las Bellotas

Dulce Ganesh

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La primera vez que vi a Ganesh acabé corriendo ridículamente delante de él, en un atardecer apestoso en Nueva Delhi. Yo salía sudando de la horrible tumba de Gandhi cuando, al cruzar la calle, oí un estrépito y vi a dos locos montados sobre un sucio elefante que lanzaron contra mí, descojonándose. Muerto de miedo intenté alejarme pero, cuando pasaron a mi lado, el elefante me pegó un porrazo con la trompa y caí sobre un montón de basura. Los chicos del elefante se reían y me gritaban cosas en ese idioma chillón e irritante, y amenazaban, o eso creía yo, con dar la vuelta y venir a por mí. Sentado sobre aquel montón de basura ni sentí dolor ni nada, tan solo el tremendo susto de verte arrollado por semejante monstruo y de descubrir, atónito, que no podía apartar mi vista del culo del elefante que, en comparación con el resto, me resultó muy limpio y casi infantil, mordible.
Cuando ya iban a torcer y perderse de vista, el elefante giró la cabeza, me miró directamente a los ojos con el suyo izquierdo y me dijo, en perfecto castellano y voz preciosa: “Siento mucho el golpe. Espero no haberte lastimado. Me llamo Ganesh”.
Por supuesto, yo jamás había oído hablar a un elefante; ignoraba que pudiesen hacerlo, además, aunque he de reconocer que en este país de locos ya nada me sorprende. Pensé: “Ganesh, Ganesh…”, y recordé que el elefante parlanchín se llamaba como uno de los miles de dioses a los que estos indios majaras adoran. Pero aparte del culito respingón, Ganesh no tenía nada de idílico. Además, recordé enseguida que Ganesh, el dios elefante, solo tiene de estos la cabeza, mientras que el resto del cuerpo corresponde a un señor gordito de mediana edad y muy poco interesante.
Atribuí mi charla unilateral con el elefante a los efectos del porrazo que el animal me había dado con la trompa, y pronto lo olvidé. Pero a partir de ese momento, cada vez que me encontraba con algún elefante en algún lugar de la India, yo notaba que el animalillo me miraba de un modo especial, algo parecido a ese mirar intencionado de las vacas; un pestañeo que empezó a resultarme incómodo. Si no hubiese sido imposible, habría jurado que aquellos bichos estaban coqueteando conmigo. Y vi muchos elefantes esos días, como si me persiguiesen con aquellas miradas que fueron pasando de la timidez a lo que empecé a sentir como una lujuria desenfrenada que aquellos ojos negros lanzaban sobre mí. Así que empecé a preocuparme.
Fue a los pies del fuerte Amber donde Ganesh me habló por segunda vez. A pesar de la insistencia de mis amigos, yo me negaba a subir a ningún elefante de las decenas que allí había. Una cosa es que hubiese olvidado la voz que me habló en Delhi, pero el porrazo y el susto los seguía recordando bien. Y el culo. Y en estas estaba yo discutiendo cuando noté unos golpecitos en el hombro: giré la cabeza lo suficiente y vi una cosa parecida a una nariz que insistía en toquetearme y olisquearme también el cuello. Me volví enfadado, realmente enfadado y, cuando iba a decirle al coloreado jinete que apartara al elefante sobón, este, con voz de locutor de radio, me dijo: “Z., soy yo, Ganesh”. Miré alternativamente a mis amigos y al jinete, maravillado, pero nadie parecía haber escuchado nada, y el elefante parecía mirarme únicamente a mí. Hasta parecía sonreírme.
Por un momento pensé que mis amigos eran parte de la broma, así que les grité algo como que se dejaran de coñas y volví a chillar a aquel indio disfrazado para que apartara el animal de allí. Pero el guapo y sucio jinete estaba entretenido sacándose pelotillas de la nariz y no me hacía ni puto caso. Miré al elefante e, instantáneamente, como en un sueño, me sentí flotar llevado por su elegante y triste parpadeo.
“¡No eres Ganesh!”, le grité. “¡Ganesh tiene cuerpo de hombre fofo y tú eres un elefante como todos los demás!”
“No querrás que me aparezca, en medio de los turistas, con la polla colgando”, me dijo un tanto chulescamente.
“Ya llevas la polla colgando, cariño; o al menos eso raro que tenéis ahí los elefantes, así que no me vengas con chorradas”, le dije.
“Z., soy Ganesh, el hijo de Parvati, y quiero casarme contigo”, me dijo tras unos segundos de silencio y en el tono más triste.
Mi amor y mi fascinación por este país enloquecido me han llevado a hacer muchas tonterías, creerme muchas patrañas y caer en los timos más tontos. Pero esto era el colmo. Cuando me quise dar cuenta ya estaba a lomos de otro elefante, más grande que el que me había hablado y ahora subía la cuesta del fuerte Amber justo delante de nosotros con alguno de mis amigos encima. Como aquella tarde en Delhi, yo no podía apartar los ojos de aquel culo extraño que se movía al compás de la caravana multicolor y se recortaba contra los muros majestuosos de Amber Fort. Empecé a marearme, a sentir oleadas de calor que nacían en mis propias nalgas, que ardían al contacto con la piel de este otro elefante. Y cuando sentí que iba a caer, desfallecido, noté de nuevo una trompa que me sujetaba por el cuello muy suavemente, muy dulcemente, y me colocaba en mi sitio.
Me recuperé muy poco a poco, bañado ahora por una corriente de aire fresca y muy perfumada, y me di cuenta de que el elefante no había retirado la trompa de mis hombros, aunque no sentía su peso. Aquella extraña y húmeda nariz recorrió mi cuello una vez más, me acarició la nuca, expulsó aire sobre mi cara y jugueteó tímidamente con mis labios.
Sin poderlo remediar, acaricié aquel triángulo de piel áspera como lija que quedaba entre mis piernas, sin saber muy bien por qué, sin ver otra cosa en el mundo.
Ganesh me habló de nuevo, esta vez por boca del elefante en el que yo montaba, el que me acariciaba con su trompa:
“Z., cásate conmigo. Estoy muy solo”.
He de reconocer que a esas alturas mi excitación era tremenda. El roce de su piel áspera con la de mis piernas, mi mano que no podía dejar de acariciarla, la humedad perfecta de la trompa sobre mis labios y el rítmico baile del culo del elefante que nos precedía… Todo aquello me tenía sumido en una especie de sueño húmedo pero en vigilia, algo muy raro.
La ascensión hasta el fuerte Amber cambió mi vida sin que yo me diese cuenta de nada. En menos de media hora, mientras Ganesh me susurraba cosas maravillosas al oído y mezclaba su sudor con el mío a través de su espalda y mis nalgas, recordé mi historia, tan vulgar y aburrida, y la suya, tan increíble y cruel.
Ganesh era el hijo que la diosa Parvati, esposa de Shiva, engendró, en una noche loca, con el guardián de su puerta. Por supuesto, cuando nació el niño, Shiva lo rechazó y sin inmutarse lo más mínimo, le cortó la cabeza. Parvati, infiel pero sensible, lloró un montón; tanto que Shiva, afligido por la tristeza de la zorra de su mujer, le prometió que le pondría al niño la cabeza del primero que pasase por la puerta. Y el primero que por allí pasó fue un elefante… Bueno, al menos esta es una de las varias opciones que mi pobre Ganesh tiene para contar su historia, ni él mismo sabe cuál es exactamente la buena.
En todas sus representaciones, y al contrario que Hanuman (el dios mono, que está bastante bueno), Ganesh es… poco apetecible. Los elefantes al natural son mucho más guapos, mucho más atractivos que Ganesh en las miles de estatuas y pinturas que puedes encontrar por ahí. Ni siquiera han sido capaces de buscarle un cuerpo bien formado para compensar el desastre. ¡Cuántas veces pensé, antes de que Ganesh me hablase, lo bien que quedaría esa poderosa y noble cabeza de elefante sobre un cuerpo escultural y un pelín macarrilla!
Para cuando quisimos llegar a lo alto del fuerte Amber, yo ya estaba perdido. No veía nada, ni escuchaba nada; mis amigos no existían, ni la multitud de vendedores y niños, nada.
Bajé del elefante con un esfuerzo terrible. No quería dejar de sentir el contacto ardiente de mi sexo contra el montículo de su espalda, ni el abrazo -ya vital- de la trompa. Fue él quien me ayudo a descender, insuflando aire desde la húmeda nariz, que posó suavemente sobre mis labios, a mis pulmones. ¿O aquello fue un beso? No lo sé. Perdí la noción de todo y supliqué agua.
Miré a Ganesh, que ahora era otro elefante muy, muy guapo, ataviado con una manta dorada con bordados de flores y una especie de corona, que estaba frente a mí moviendo la cabeza de lado a lado.
“¡Ganesh!”, le dije, “¡No me abandones! ¡Ayúdame a comprender todo esto!”
El elefante sonrió (de verdad, lo hizo) y me dijo: “Tú ya comprendes todo esto”
Aquella noche, en la tranquilidad de la habitación de mi hotel, pasé las horas entre la euforia y el desconcierto. Nunca me había dado por la zoofilia, la verdad; no la entendía. Y no entendía qué me pasaba, qué veía yo de pronto en aquellos culos gigantes, que sentimiento nuevo despertaba en mí una trompa que, analizada fríamente, daba bastante asco… Además, yo no creía en dios, ni en dioses, ni jamás me había dado por lo espiritual. Ni, por supuesto, me creía que un elefante hablase y, mucho menos, en aquellos términos. ¡Casarse con un elefante, con un dios…! Inspeccioné una a una todas mis pastillas, pensando que me había confundido y algo de lo mucho que tomaba estaba produciendo alucinaciones y priapismos varios. Pero no, el arsenal era el mismo de siempre y eso me preocupó aún más.
Ganesh, Ganesh… Desesperado, rebusqué en las entrañas de mi desportillado aifon quién coño era de verdad Ganesh y cuanta historia pude encontrar en wikipedias y otros ilustres templos del saber; visité páginas y páginas de un misticismo inaguantable, blogs de pijos iluminados por carísimos viajes organizados por Catai al triángulo de oro, símbolos extraños e imágenes dantescas…
¿Ganesh no estaría ya casado con alguien? ¿Era bisexual? ¿Podía un elefante ser gay…? Pero la pregunta más importante, “¿por qué yo?”, no la encontré nunca en ninguna página web, en ninguna red.

Anoche desperté abrazado a la trompa de Ganesh, como casi todos los días. Despertar suavemente y sentir mi cuerpo desnudo abrazado a la trompa de mi dios es el principio de uno de mis muchos momentos de gloria. Yo me despierto y me aprieto aún más fuerte, lo que le da a Ganesh la señal de que estoy dispuesto. El gira el resto de su trompa, el extremo dulce y húmedo de su nariz, hacia mí, y empieza el delirio.
Ganesh y yo nos casamos sin mucha ceremonia. Parvati estaba ocupada follándose a alguien y Shiva no encontraba muy razonable nuestro matrimonio. Hanuman, luciendo palmito, sí acudió, pero yo ya estaba ciego para él. Mi familia, por supuesto, no asistió.
Le puse una condición para nuestro casamiento, y era que nunca, nunca más, volviese a mostrarse delante de mí con su cuerpo humano, ese que yo aborrecía desde los carteles que vi hace cientos de años en un escaparate de Jaipur. Yo, a cambio, prometí nunca más dejarme llevar por la tristeza.
Hace poco recibí una carta en la que una amiga me exigía que le explicase qué clase de enfermo era yo, que me revolcaba con un elefante, por muy en el olimpo hindú que esto ocurriese y por muy dios de segunda que mi elefante fuese. Empecé a contestarle describiendo primero los susurros al oído, los cuentos, las historias; sus palabras dulces e hipnóticas. Y después los detalles más densos sobre aquel culo que me hechizaba, por qué enloquecía con la caricia de su trompa o cómo querer morir si besas tan solo uno de sus ojos… Pero no creo haber conseguido explicarle nada. No importa.
Tengo calor mientras escribo esto y Ganesh viene y me abanica con el aleteo simple de sus pestañas. Me mira y le miro. Y a pesar de esa mirada triste, de ese movimiento taciturno de su cabeza, sé que él es feliz a mi lado. Le beso en la punta de la trompa y él me levanta suavemente de los almohadones en que me apoyo y me sube a su grupa (¿tienen grupa los elefantes?). Salimos al exterior, donde veo ríos sagrados, gente que reza a la luz del atardecer y niños que corren y ríen. Le recojo ambas orejas sobre la cabeza, me tumbo encima y le canto, lo mejor que puedo, alguna de las pocas canciones que ya recuerdo.

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Written by Zanobbi

mayo 17, 2011 a 3:05 pm

6 comentarios

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  1. Te juro por Visnú que tengo que ir a la India a encontrar otro elefante como el tuyo. La representación que tengo en casa no le hace justicia. Justo allí encontraré el susurro del viento.

    stultifer

    mayo 17, 2011 at 6:12 pm

  2. Acabo de leer el viaje del elefante (Saramago), y por las tardes últimamente he tragado varios documentales de la 2 donde los protas eran los elefantes, y ahora vienes tú no de cornaca de elefante sino queriéndote casar con un elefante, de la India, éso sí(son más limpios?) Has mezclado medicamentos? En cualquier caso, hasta éstas ensoñaciones sabes contar bien.
    Ya sabes que me gusta encontrarte por aquí, un beso

    trasgu fantasma

    mayo 19, 2011 at 12:12 am

  3. STU: Tienes pendiente ese viaje desde hace ya… demasiado. Hazlo. Además de elefantes encontrarás monos y camellos. Incluso algún hombre que otro.

    TRASGU: He de aclarar a ti y a alguna que otra que NO, no he mezclado medicamentos… Bueno, no más que el cóctel diario. Que conste que era el hombre-dios-elefante el que quería casarse conmigo, que yo solo pasaba por allí. Besos.

    Zanobbi

    mayo 20, 2011 at 10:10 am

  4. Ja,ja,ja yo soy la otra, la otra…que a nada tengo derecho, porque no llevo un anillo con una fecha por dentro…
    Hablando de bodas…

    Mariam

    mayo 20, 2011 at 6:42 pm

  5. yo también quiero casarme con él… (:
    Se puede? ñ.ñ
    Al principió me enojé por como le decias a Ganesh…
    pero terminé amando tu historia!

    Yosodara Torres

    junio 20, 2011 at 9:02 pm

  6. Por supuesto que tu también puedes casarte con Ganesh, su amor da para eso y mucho mas. De hecho, somos ya varios los afortunados… Gracias por tus palabras. Beso.

    Zanobbi

    junio 20, 2011 at 9:11 pm


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