La Mirada Displicente

Crónicas del Príncipe de las Bellotas

Gritar su nombre

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Ayer te vi, una vez más, diciéndome adiós desde el otro lado del control de seguridad del aeropuerto.
Tras una despedida breve te mezclaste entre la gente, dos cabezas más alto, mil veces más sonriente. Y mientras te alejabas de mí, sin sospechar yo siquiera que era para siempre (¿cómo iba a saberlo entonces?), pensé en salir corriendo, saltar las ridículas cintas que definían la cola, apartar la gente a manotazos y saltar sobre tu espalda para quedarme agarrado allí, como un monito de feria, para siempre.
Pensé también en gritar, gritar tu nombre; chillarle al mundo todo lo que yo sentía y proclamar a los cuatro vientos mi desolación.
Mientras no hacía ni una cosa ni la otra, mientras permanecía inmóvil y mudo, pegado al suelo sin remedio, tú te escabullías con una bandeja en una mano y la mochila en la otra. Te vi pasar el arco de seguridad y pitar dos veces, sonriendo mientras te cacheaban, sin mirar hacia atrás ni una sola vez. Sin verme.
Recogiste tus cosas y, cuando ya había perdido toda esperanza, cuando ya estaba a punto de huir de allí, te volviste y miraste hacia mí. Dos segundos, tres minutos, media hora… Quién sabe cuánto tiempo permanecí allí mirándote mirarme, sonreírme por última vez; levantar tu mano y hacer un gesto que no he sabido repetir ni interpretar.
Me di la vuelta e intenté escapar hacia el parking, pero no pude moverme. Choqué con la mirada de una anciana que algo debió ver en mis ojos (quizás a ti reflejado) porque me sonrió y sin hablar me dijo: “se te pasará, ya lo verás”. Pero no la creí.
Adiós, MB. Te he dicho tantas veces adiós que la de ayer no fue nada más que un tic tonto que se me ha quedado. No conservo casi nada tuyo, apenas un par de fotos en las que casi no se te ve y una necrológica gris y fría en la que no te reconozco. Perdí (o tiré, para olvidarte) la cinta que me regalaste, la que comenzaba con Maria Callas atacando La Wally de un modo que yo sentía desgarrador y seguía, sorprendentemente, con una Madonna aún aficionada, una maqueta de Everybody robada de la mesa de sonido de algún DJ de NY al que, seguro, te tirabas. “Esta chica está loca y no canta muy bien, pero llegará muy, muy lejos; tendrías que verla”. Por supuesto, no te creí.
Me he preguntado montones de veces qué habrá sido del abrigo de espiga bajo el que cabíamos los dos y que nunca quisiste regalarme.
También conservo tus postales: Tokio, Roma, Nueva York, Montreal… Y la última que me enviaste, desde un congelado Washington, en la que me prometías escribir pronto, que tenías algo importante que decirme. Tampoco te creí y nunca llegaste a hacerlo.
“Adiós, MB”, volví a decirte anoche desde mi sueño. Yo también levanté la mano antes de toparme con la mirada de la señora, antes de despertar preguntándome en qué ciudad maravillosa estarás ahora, qué otros DJs muertos te hacen bailar, a qué ángel cobijas bajo tu abrigo… Si alguna vez me echas de menos.

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Written by Zanobbi

mayo 11, 2011 a 2:27 pm

3 comentarios

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  1. Claro que también la otra parte piensa en ti. Y durante mucho tiempo. Son de esas imágenes que recuerdan al sabor bueno de un agradable almuerzo, olvidado todos los ingredientes, pero manteniendo ese regusto de felicidad. Me voy al aeropuerto ahora mismo.

    stultifer

    mayo 11, 2011 at 3:50 pm

  2. Uy, uy, uy, una vez me dijiste que cuando los fantasmas aparecen de nuevo, algo no marcha bien. Hay cosas pendientes y por eso no se puede ir definitivamente, y además, no creo que eso te gustara, digo lo de irse ya. Queremos y no queremos, la dicotomía perpétua. M. sigue sonriendo desde no se sabe donde, en blanco y negro, como las buenas películas de siempre. Que se quede, no?

    Mariam

    mayo 16, 2011 at 2:59 pm

  3. MARIAM:
    No sé.
    Hace tiempo que no sé desde dónde sonríe M, si es que lo hace. No sé si el deseo de que las cosas hubiesen sido como a mí me hubiese gustado es más fuerte que la certeza, desgarradora, de su muerte.
    En cuaquier caso, esto es solo mala literatura. Sueños. En realidad no echo de menos eso que no sé cómo hubiera sido. Pero, ¿quién borra esa sonrisa?

    Zanobbi

    mayo 17, 2011 at 3:19 pm


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