La Mirada Displicente

Crónicas del Príncipe de las Bellotas

Recrimen perfecto

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Recuerdo el día que trepamos por aquellas rocas abrasadas, las de mi infancia, descalzos y casi desnudos, con unos bañadores feos y demasiado cortos que robaste en algún pueblo cerca de Boston. El mar se extendía bajo nosotros rompiendo sin piedad contra las rocas, rugiendo a cada embestida y reclamando. Reclamándote a ti.
Yo lo veía todo azul, todo: el mar, tus ojos, el cielo, tu bañador escaso y raído; la zigzagueante trayectoria de todos nuestros últimos años.
Y no te oía, aunque tú no me hablabas mientras marcabas el ritmo empujado por las olas, alentado por las gaviotas que nos sobrevolaban amenazantes. No te escuchaba y tú no me hablabas. Eran el viento y los horribles pájaros quienes aullaban a nuestro alrededor mientras tú seguías indemne. Sentí el vértigo de siempre, la necesidad imperiosa de agarrarme a la roca hasta sangrar y besarla.
Y de pronto paraste.
Te diste la vuelta y vi tu pecho perfecto, la barbilla, el prohibido sendero. Y deseé, por un segundo, sonreír, besarte y darme la vuelta; volver al amparo blanco y salado del barco, nadar en el mar de siempre contigo a mi lado. Hasta que me miraste y no vi nada. No vi nada.
Me clavaste, sin moverte, mil agujas en el pecho, en los ojos. Me atravesaron los labios y me desangré sin derramar una sola gota, confundiendo el horizonte con la nada. No había nada. Ni estábamos sobre las rocas ni el mar esperaba allí abajo. Nada.
Como en un sueño, mientras te girabas de nuevo al borde del precipicio, acerqué mi dedo índice a tu espalda y pensé: ahora le empujo ahora más fuerte ahora se cae ahora se mata. Y, cerrando los ojos, apoyé el dedo en tu espalda.
“¿Qué?”, me chillaste sin volverte, con todo el desprecio del que eras capaz, con todo el desprecio que yo te dejaba.
“Nada”, dije, y aparté el dedo de tu preciosa piel. “Nada”, pensé. Nada.
Mi crimen perfecto.
Tu crimen perfecto.
Desde aquel día que no supe empujarte, te he visto morir muchas veces y aún no he sentido nada.

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Written by Zanobbi

marzo 10, 2011 a 5:22 pm

Publicado en Escribo y escriben

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3 comentarios

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  1. Más de uno, y de dos, y de tres hubiéramos tambien apoyado ese dedo en una espalda (cual?, da lo mismo,ésta, aquella,la de hace 20 años, la de hace 20 meses) y sólo ese raciocinio del que de vez en cuando presumimos las “personas humanas” (ja,ja) nos hubiera impedido seguir apoyando dedos hasta clavar las dos manos enteras y ver desaparecer para siempre al causante de nuestra desgracia.Pero aunque no tenga claro eso del crimen perfecto, lo que no existe es la conciencia perfecta, y como grandes sufridores/as que somos, seguiriamos atormentándonos eternamente, con cabrón o sin cabrón. Porque semos asín de primitivos, cariño. No tenemos medida.

    Marian

    marzo 11, 2011 at 9:51 pm

  2. Ya sabes que yo opino que algunos crímenes no deberían estar penados, sino todo lo contrario. El crimen perfecto fue ese que no cometí. Lo hubiera sido, sin duda.

    Zanobbi

    marzo 14, 2011 at 8:09 pm

  3. Maravilloso este texto. Esta dualidad sangre-beso, poesía-muerte, mar-rocas, desnudos-vestidos y, al final, ese dedo que se posa sobre la piel en forma de cariño-ansiadetirarte y la frase final “desde aquel día que no supe empujarte te he visto morir muchas veces y aún no he sentido nada” Es un placer leer textos así.
    Un abrazo :)
    Romek

    Romek Dubczek

    marzo 21, 2011 at 7:12 pm


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