La Mirada Displicente

Crónicas del Príncipe de las Bellotas

Despierta, Ignacio

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Un día me dijiste que por aquel camino nunca pasaba nadie, que nadie se paraba nunca a escuchar la monótona música de la acequia, ni a observar las líneas rectas de los almendros que escalaban sin miedo por la montaña. Que nadie, nunca, paseaba por la carreterita gris en la que siempre veías un conejo o una urraca, comiendo o robando sabe dios qué. Que podríamos caminar horas y horas, templados por aquel sol decaído y débil de septiembre, sin cruzarnos con nadie, sin escuchar una sola palabra. Y durante algún tiempo, te creí. Ni vi a nadie ni oí nada.
Pero sabía que me mentías. Porque siempre lo hacías y porque veía las huellas de tu mentira por todos sitios: rodaduras de camiones, colillas aplastadas, un papel, trozos de cristal…
Dijiste que aquella carretera llegaba hasta un monasterio abandonado, vacío, tan perdido en su silencio como los almendros que nos rodeaban; un monasterio en el que una vez habías encontrado una especie de anacoreta de este siglo que, chalado seguramente, había decidido irse a vivir allí con un perrillo por toda compañía. No te creí, claro; ya me sabía demasiadas historias de monasterios olvidados y anacoretas que se sientan bajo un almendro para sonreír tontamente al sol del verano. Al fin y al cabo, las había escrito yo, recordé mentalmente.
Pero no dije nada. Dejé de escucharte, en realidad. Me bastaba con aspirar con todas mis fuerzas, sentir el sol pachucho sobre mi piel y arrastrar los pies por la gravilla, intentando hundirlos en el suelo y convertirme en uno más de los almendros. Pensé: ¿nadie vendrá nunca a verme? ¿Nadie arrancará nunca alguna de mis almendras, la aplastará con una piedra y saboreará lo amargo de mi fruto?
Estaba medio mareado, borracho de la solitaria eternidad que (en un marco tan distinto y tan alejado) compartía con el escarabajo azul de Mújica, cuando te vi venir de frente, desnudo, sonriendo como si no fuese a mí. Miré alrededor y vi, a mi derecha, la urraca de antes y,  a la izquierda, el famélico conejo. Los tres te mirábamos mientras tú no decías nada, solamente sonreías y mirabas a través de mí.
No supe nunca qué veías, pero sabía que, incluso así, me estabas mintiendo. No me veías a mí, aunque tu sonrisa quisiese significarlo. Ni siquiera me sonreías a mí, estoy seguro.
No sé cuánto tiempo permanecimos así, tú desnudo y yo vestido, mirándonos a la cara sin vernos. Hasta que noté una gota sobre la palma de mi mano, inexplicablemente abierta hacia arriba. Miré al cielo y vi tu perfil en la más oscura de las nubes.
Intenté decir “despierta, Nacho” antes de que desaparecieras carretera arriba, seguido por el conejo y con la urraca sobrevolándoos, pero no me salió nada.
He vuelto a verte, pero no te he reconocido.

(El cuadro, que me recuerda mucho mi época de oscuro estudiante, es de Michael King)

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Written by Zanobbi

septiembre 28, 2010 a 8:13 pm

3 comentarios

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  1. Hoy aquí disfrutamos de un cielo azul maravilloso, pero el atardecer ya nos dice que el otoño nos acompaña, y es precisamente ésta estación la que nos hace estar muy sensibles, poe éso podríamos ser la urraca, las rodadas marcadas en la tierra, o el mismo pensamiento que te hace volar, mirando sin ver….
    Qué bonito escribes¡ Espero que tengas una cajita donde guardes todo lo que escribes cuando tienes el alma de color azul, no te perdonaría que no lo hicieras. Espero que tuvieses un verano 10. Gracias por seguir ahí.

    Trasgu fantasma

    septiembre 28, 2010 at 10:37 pm

  2. ¡Ya me gustaría a mí que todos mis fantasmas fuesen como tú! Lo primero, gracias a tí siempre, ya sabes. Lo segundo, mi verano no ha sido 10, si a grandes viajes, experiencias y juergas te refieres… Mas bien no, pero tampoco puedo quejarme. Te enviaré unas fotos para que te hagas una idea (y darte un poco de envidia). Y tú, ¿no os hacíais un viajecito?
    Yo nunca sería una urraca, creo.
    Te echaba de menos. Beso fuerte.

    Zanobbi

    septiembre 29, 2010 at 12:57 pm

  3. Hay veces que es mejor no reconocer a alguien.

    stultifer

    septiembre 29, 2010 at 3:27 pm


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