La Mirada Displicente

Crónicas del Príncipe de las Bellotas

Mudanzas

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Hasta que el camión paró en el semáforo no me di cuenta de que todo era real.
Lo supe por el impulso de mis pies, que intentaron salir corriendo y perseguir al pomposo taxi industrial que hacía pedorretas a lo lejos. Como un aviso, al ponerse el semáforo en verde, hizo una falsa explosión y se caló, pero no me moví. Lo vi arrancar de nuevo y, tras un esfuerzo colosal, doblar la curva y desaparecer.
Esa mañana, tres gitanazos de tersa piel chocolate inundaron mi casa con sus voces y un olor amargo y denso. Su chulería, el desparpajo, la brevedad del uniforme y los pitillos indolentes en los labios contrastaban con mi angustia y acabaron por vencerla. Yo sólo quería tocar una vez más -y por última- el horrible sofá que heredé de mi abuela y disfracé con un retal, oler la jarapa beige del dormitorio, encender y apagar la lámpara que Nacho y yo hicimos con un maniquí rescatado del contenedor; echar un vistazo a los platos, los cazos y los botes de colores que alegraban la cocina. En vez de eso, me dejé llevar por el amargo olor y el ballet rudo y sensual de tres cuerpos extraños, un mar de brazos, venas y cuellos; un torbellino indecente que me senté a contemplar silenciosamente en el borde de la bañera, respondiendo con monosílabos y sin mirarles a la cara, maravillado. Un desayuno excesivamente espeso para una hora tan temprana, para un día tan proclive a melancolías y tristezas.
A mitad de la mañana hicieron un alto, sentándose en el suelo de la cocina con las cervezas que aceptaron en vez del café que les ofrecí. Casi no podía entenderles. El más joven de todos daba chupadas profundas y nerviosas a su pitillo, cerrando casi los ojos para luego expulsar el humo lentamente hacia arriba, mirándome. Cuando el humo dejaba de salir, me sonreía. No pude dejar de pensar en lo diferente que era de Nacho: la mata de pelo negro y rizado tapando la cara alargada, el grosor de los labios, los dientes maltratados; las uñas mordidas y abombadas, el cuerpo libre, despatarrado, animal. Nada que ver con la melena cuidada y domada, el perfil perfecto, la construcción cuidadosa y equilibrada de Nacho.
En realidad, yo no pensaba en caras ni labios mientras observaba al gitanito de la cocina. Pensaba en lo mayor que podía llegar a sentirme, en lo fácil que sería untarse del olor amargo, sentir los dientes maltratados en mi lengua y dejarse llevar, hacer y dejarse hacer sin invertir sentimientos ni quereres, sin ningún proyecto. Pensaba en cómo mi idea sobre el futuro y mis planes se habían deshecho en mil pedazos, en lo que anteayer parecía tan seguro y ahora no era nada. En lo extraña que es la vida a veces. Pensaba en ti, en el dolor que provocaste, en la decepción, en dónde estarás; en no saber si quiero que seas feliz. Y me sentí furioso, con la herida abierta de nuevo. Miré al gitanito, le sonreí con todas mis bocas, me fundí en él durante los diez segundos que tardó en bajar la mirada -no sé si avergonzado-, y supliqué al cielo que cayese un rayo y me dejase seco.
Reanudaron su ballet mientras yo acababa de guardar mi ropa en una de las maletas, ya no tenía ganas de mirarles. Abrí las ventanas y el olor amargo se disipó, dejando entrar otros más familiares de cocido y pucheros.
Al mismo tiempo que los muebles, de la casa fueron desapareciendo todo el calor, la sensación de hogar, de espacio propio. Me quedé mirando las paredes con las marcas ennegrecidas de los cuadros y las estanterías, los hilos colgando del techo y el teléfono solitario en un rincón. Me dio la sensación de no haber vivido allí nunca, de no haber amado a nadie en ese lugar.
El gitanito bajó mis maletas a la calle y unos cuantos discos que no sé cómo quedaron fuera del montón de cajas que envié a casa de Jaime. Me los pasó diciendo:
– Springsteen… Mola.
Le di una propina extremadamente generosa para venir de mí y los dos o tres discos de Springsteen que había en el montón. Se subió a la parte de atrás del camión y me saludó con el puño cerrado y el pulgar levantado. Le hice el mismo gesto y me sentí ridículo. Poco después, el camión se paró en el semáforo.

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Written by Zanobbi

julio 29, 2010 a 7:53 pm

Publicado en Cuentos, Escribo y escriben, Gay

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4 comentarios

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  1. Me quedé mirando las paredes… Genial despedida dejando la mirada.

    stultifer

    julio 29, 2010 at 8:49 pm

  2. Hay que tener siempre al lado alguien que mire las paredes contigo. Beso.

    Zanobbi

    agosto 3, 2010 at 10:25 am

  3. Como dicen las madres, siempre hay que ir con una muda limpia. Y mudando y mudando uno siempre va limpiando. Limpiando lágrimas, dolores, decepciones, manchas de cuadros quitados. Todo listo para ensuciarlo de nuevo en cuanto se presente la ocasión. gitana, paya o paraguaya.

    Springsteen estuvo muy bueno. Pero era un poco muermo.

    Beso

    theodore

    agosto 4, 2010 at 11:25 pm

  4. A mi Bruce no me puso nunca nada, quizás por la imagen esta de born-in-the-usa, de camionero hortera. Y musicalmente me ha aburrido bastante a partir de ese disco. Para mí solo existe Born to run y The River.
    Ojito a los paraguayos: me rodean dos que me vuelven loco.
    XXX

    Zanobbi

    agosto 5, 2010 at 9:39 am


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