La Mirada Displicente

Crónicas del Príncipe de las Bellotas

Crónica del Gay Invisible

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Empecé a hacerme invisible sin darme cuenta, con lo que me había costado que se me viese, con el esfuerzo que invertí en vencer mi timidez enfermiza, mis miedos, mi mala educación catolicólica, apestólica y prerrománica, las miradas desconcertadas de mis padres, los comentarios sangrantes de lo que yo creía mi propia gente…
Hice y deshice, miré, busqué, leí, lloré; me equivoqué mil veces.
Salí de mi agujero y me interné, sin ningún convencimiento, en el mundo brillante y lleno de lucecitas de la visibilidad más oscura, donde me llevé algunos golpes. Hasta que aprendí a sobrevivir, a ser un poco malo (espero que sólo lo necesario). Y brillé, en mi estrecho universo, o creí brillar, daba igual. Me pavoneé todo lo que me permitió mi limitado arsenal. Aprendí a hablar, a moverme, a aparentar lo que nunca fui, a ponerme malamente esto o aquello según los modos y las modas, a tratar con gente de todas clases. También aprendí de nuevo a sonreír, que se me había olvidado, aunque acabase sonriendo demasiado a todo el mundo, me gustase ese mundo o no.
Quise hacerme visible, especialmente en el pijo agujero familiar, sin consentir una palabra, un reproche, nada. Con todo mi cariño (y bastante inconscientemente) hice que mis seres queridos se toparan y encontraran con chicos extraños (extraños por desconocidos y extraños por realmente raros) por los rincones más íntimos del paisaje familiar: me estiraba lo más posible, sacaba pecho, levantaba ligeramente la barbilla y me comportaba como si el ser casi andrógino que moría de vergüenza a mi lado fuese uno más del complicado clan, bajo la atenta y reprobadora mirada de mi madre y el silencio mucho más acogedor y dulce de mi padre y mis hermanos.
Sí, brillé, qué coño… Miraba y me miraban, por todos lados: en el metro, en clase, en el autobús, por la calle, en la playa… Mucho más que en los antros donde perdía el rumbo casi todas las noches y la competición era mucho más dura, la caza desbaratada e inútil que no echo de menos. Durante años me sentí deseado, utilizado, perseguido, despreciado, acosado, amenazado… Amado. Yo entraba, salía, andaba, me sentaba o me reía y encontraba siempre, siempre, una mirada por algún sitio. Eso era lo importante, mucho más que el tedioso proceso posterior en el que descubrías que tras la mirada sólo había, casi siempre, un inmenso agujero negro, en todos los sentidos. Encontrabas estrellas brillantes también, demasiado brillantes algunas. Preciosas un par de ellas.
Envejecer es algo que le ocurre a todo bicho viviente, claro, seas gay o un cerdito vietnamita tipo Clooney; pero si eres gay, tu vida útil (como macho depredador) es muy limitada. No hablo de sexo, que el sexo siempre está (o puede estar) ahí: un roto para un descosido, intercambios a ciegas, chaperos de saldo, solitarios irrecuperables de tu quinta o el amor de tu vida… Hablo de lo otro, de la visibilidad. De pronto, un día, te has vuelto invisible. Iba a decir “de pronto, un día, no existes”, pero claro que existes. Pero no te ven. El mundo gay es, en este sentido, terriblemente (¿terriblemente?, ¿totalmente?) masculino (¿podía ser de otra manera?).
A mí aún me miran, pero ahora, de pronto, sólo lo hacen mujeres de más de 35, especialmente si están casadas y, la verdad, me tratan muy cariñosamente, cosa que me encanta. Pero claro, esto no me vale. Los chicos no saben que existo porque he atravesado esa barrera en la que te vuelves transparente. Bueno, yo tengo una relación y no debería importarme mucho; claro, que el amor de mi vida tampoco me ve. Me he vuelto invisible para él también. El mira y remira culitos pasantes de menos de 25, aunque procura que yo no le vea hacerlo. Tampoco es que me importe mucho, que lo que le importa a mi ego es que el resto de los hombres de este mundo ya ni me intuyan, no que él no lo haga, estoy bastante acostumbrado. La verdad es que yo no le veo claramente a él tampoco, y eso que él sí que no es transparente, ni invisible, el pobre…
Y quiero aclarar (por si hay algún interesado por ahí) que, para mi edad, estoy de muy buen ver… Pero tampoco he llegado a esa etapa en la que, si te mueves por el ambiente (que no), empiezan a rondarte lo que en mis tiempos se llamaban “jovencitos en busca de protección”, un eufemismo que significaba “niñato (macarrilla o no) a la búsqueda de tío con pelas”. Así que no existo.
A pesar de todo este penar, hace poco, en la T4 de mis amores, un chico bastante guapo me miró y me persiguió. Lo hizo por la terminal mientras esperábamos, comíamos y gastábamos pasta; en el avión durante el corto trayecto, en el autobús hacia la terminal al llegar… Me miró, medio sonrió, persiguió, volvió a mirar, compró el periódico donde yo lo hice, se restregó descaradísimamente contra mí en el bus (con el calorazo, las viejas, las maletas… y mi novio al lado). Si seré invisible que mi novio ni se enteró de todo este proceso de más de 3 horas. Al llegar a Alicante, según íbamos hacia la salida, nos adelantó: llegamos a la altura de los baños y allí, junto a la puerta, se paró, se volvió y me miró más intensamente que mi primer novio el día que le dije que le dejaba (dos segundos antes de darme la hostia) y me hizo un gesto inequívoco señalando los baños. Yo le hice otro gesto inequívoco señalando al ciego de mi momio y me dio la risa… ¡Perder mi invisibilidad durante unas horas para acabar en un triste WC de aeropuerto! Hombre, esto no… Empiezo a acostumbrarme a la transparencia de mi piel, a no existir en el campo visual de ningún hombre, sea hetero, homo o mi novio (que aún no sé lo que es). A lo que no acabo de acostumbrarme es a la ordinariez. Y echar un polvo rápido en el WC de un aeropuerto como el de Alicante me parece una ordinariez. Si fuese Nueva York, Dubai, Londres o esa T4 de mis amores… Pues casi que tampoco.

Written by Zanobbi

enero 6, 2010 a 8:00 am

10 comentarios

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  1. Precioso: En el aeropuerto de Dubai no te dejarían echar polvos, cuidadito…
    Yep, claro que no… ¿Por qué me vendría Dubai a la cabeza? ¿Y “polvo”…? ¿Dije “polvo”?

    Nico

    julio 2, 2008 at 3:31 pm

  2. maldita sea, no puedo seguir leyendo porque pierdo el bus, me está encantando y te estoy adorando. Luego sigo.

    angostura

    diciembre 10, 2009 at 3:57 pm

  3. Acabo de descubrir este post, y chico… te luciste. Mucho, mucho, mucho.

    Y yo que empiezo a ser visible ahora, a los 28…

    stygyan

    diciembre 12, 2009 at 12:20 pm

  4. No sé si me lucí. Pero creo que no acaba de reflejar cierta amargura que siento al respecto.
    Bueno, los 28 es una edad estupenda para dejar de ser invisible, hay quien nunca deja de serlo. Pero aprovecha, aprovecha.
    Smuuuak.

    Zanobbi

    diciembre 14, 2009 at 3:15 pm

  5. Tómate en serio lo de escribir, lo expresas precioso y nos enseñas a ver otras maneras, o las mismas,de sentir,amar,soñar o temer.Me gustó mucho la peli el beso de la mujer araña, sobretodo por la infinita ternura que trasmitió en ése beso, entre dos personalidades tan distintas que fueron capaces de saltar vallas culturales o intransigencias malamente alimentadas durante años.Bueno, no sé muy bien porque digo ésto, pero sí sé que debes de tomarte en serio el escribir aunque sea un ensayo, que por cierto a mí me gustan mucho. Muuaaa..

    el Trasgu fantasma

    diciembre 16, 2009 at 1:10 am

  6. Vi “el beso…” en el teatro hace 2 ó 3 siglos y quizás era demasiado joven, pero de algún modo me perturbó, no sé. No fue del todo agradable, aunque no consigo recordarlo bien. Supongo que removía algunos fantasmas de entonces. Y no sé si he visto la peli.
    Trasgu, siempre me haces cumplidos que no merezco. Escribir, a veces, es como vomitar: te deja un regusto amargo en la boca.
    Me encanta verte por aquí, ya que eres casi la única que que visitas ambos. Habrás visto que en el otro hay mucho movimiento, como siempre, femenino. Habría que organizar una comidita para que todos los que estamos embrujados por los fantasmas que rondan por tu barrio nos conozcamos.
    Un beso fuerte.

    Zanobbi

    diciembre 16, 2009 at 10:43 am

  7. O se llama depresión de los 30 o de los 40 o de los 50… llegan. Aparentemente no significan nada, pero cada década desaparecemos más porque los que van por detrás en edad nos hacen envejecer sin remisión, que tampoco es malo ni negativo. Un encuentro fugaz en un aeropuerto no es lo más bello para sentirse deseado.

    stultifer

    enero 6, 2011 at 3:06 pm

  8. ¿Esto lo has re-punlicado porque te ha vuelto a pasar algo parecido? Cuenta, cuenta…

    Bueno, desde luego que no es lo más deseable del mundo un casquete en el WC del aeropuerto de Alicante, pero el “affaire” de 3 horas no me negarás que te tuvo que dejar con una buena sonrisa y una hinchazón de….de ego por un largo rato.

    Beso.

    theodore

    enero 6, 2011 at 9:09 pm

  9. Hace ya bastantes años me escribí con un chico francés, por supuesto en francés de bachillerato . Cómo nos contábamos las aficiones, modo de vida, etc. No se me ocurrió mejor cosa que decirle que mi religión era catolica, apostólica y romana. Aquí era dictadura y en Francia libertad. Tenía 18 años y era mona, pero el francés no me escribió más, el pánico se apoderó de él, y yo continué siendo una ingenua. Espero que por lo menos te saque una sonrisa con ésta tontería.
    Esa educación nunca lastró mi libertad, a día de hoy sigo católica y libre. También es verdad que tuve un padre con una mirada de la vida muy amplia, y eso me permitió llegar muchas veces al interior de otros, y vivir la amistad de una forma muy especial.
    Puede que a veces te sientas invisible, pero estás, te aseguro que estás, y esto también lo sabes. No centres todo sobre lo mismo, vale?, Uno a veces está en el muero porque no muero…..pero dura lo justo para escribir algo tan entrañable y que nos hace muy humanos, y que al menos yo te agradezco.
    Un beso

    Trasgu fantasma

    enero 9, 2011 at 10:12 pm

  10. TRASGU: Desde mi francofobia decirte que de esa que te libraste… ¡Un gabacho! Pero, ¿a quién se le ocurre, buena mujer? A pesar de haberme reconciliado bastante con esta gente en mi última estancia en la (heladora) ciudad de la luz (¿de dónde se habrán sacado esa etiqueta? Estos franceses otra cosa no, pero venderse se venden estupendamente… ¡Paris ciudad de la luz! ¿Qué luz?) sigo e mis trece y rechazo sin piedad casi todo lo que huela, sepa o suene a francés, salvo sus actrices.
    Tener un padre de mirada amplia es una bendición.
    Ya sé que estoy, pero de que soy invisible no tengo ninguna duda. Me encantaría serlo también para hacienda.
    Gracias Trasgu por aparecer por aquí a hurtadillas, leerme y comentar. Un beso.

    THEO: No sé por qué lo he republicado… ¿Quizás porque NO me ha vuelto a pasar? Beso.

    STU: En los que van por detrás la verdad es que ni me fijo. Ahora mi meta es fijarme en los que van por delante. Bueno, el aeropuerto no es el peor sitio que recuerdo… No entraré en detalles. Beso.

    Zanobbi

    enero 10, 2011 at 12:29 pm


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