La Mirada Displicente

Crónicas del Príncipe de las Bellotas

Durmiendo con Beckham

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Anoche dormí con David Beckham
Eso sí, en sueños.
Yo no soy muy dado a idealizar a nadie -salvo a mi Stevie-, menos aún un futbolista guapo pero simplón.
El caso es que en mi sueño, David (para mí, desde anoche, es David. Simplemente David, como la telenovela) se deslizaba en mi cama (donde ya éramos tres) para tumbarse a mi lado sin decir nada, acercar su barbilla sin afeitar a la mía y rozar, muy ligeramente, su pierna contra mi mano. La palma de mi mano, autónoma, hizo un intento de agarrar, acariciar aquel muslo incomprensiblemente prohibido, pero la contuve. Fue su pierna la que se apoyo ligeramente en mi mano, que imaginó los pelillos rubios, la piel clara y suave. Fue mi cerebro el que intuyó algo más que la suavidad de la piel de David. Fue él quien después se encargó en echar de menos músculos y tersuras, pero solo duró un instante. Un instante de lucha en el que mi maltrecho cerebro daba órdenes precisamente a mi mano sana mientras por detrás imaginaba y anhelaba roces más intensos, oscuridades menos siesas. Todo esto mientras intentaba mantenerme a mí dormido, lucha diaria y desagradecida.
David no movió un pelo del rubio flequillo. No me miró, ni dijo nada. Exhalaba dulcemente sobre mis labios que yo mantenía a una distancia mínima pero abrumadora. Yo sí le miraba pero casi no le veía. Intuí su nariz, los labios, el rítmico subir y bajar de aquel pecho del que me llegaba, suavemente, la respiración de la que intenté llenarme sin conseguirlo.
No había nada sexual en todo aquello, nada. David era un chico dulce que dormía a mi lado, sin importarle si su muslo rozaba mi mano ingenua o su barbilla acariciaba la mía. A mí solo me importaba algo parecido a la eternidad.
Había otras dos personas en aquella cama. Mi JA de mi vida estaba allí, invisible, incorpóreo, pero presente. Con él me fui al final del sueño a intentar regresar sin traspieses al mundo real de hoy mismo.
No sé quién era el otro chico que a mi derecha sólo me dejaba, como David, medio adivinar el contorno de una melena, un brazo protector naciendo del hombro rotundo, indignantemente distinto a JA, a mí. No recuerdo ahora quién era pero sé que sabía quién era. Pero no puedo recordarle. El caso es que él, al contrario que David, en un momento determinado se volvió y me miró, alargó el brazo por debajo de la sábana y rozó, con la uña de su dedo meñique, la palma ausente y enferma de mi mano derecha. La imagen imposible y jamás vista de su meñique sobre mi mano lleva todo el puto día envenenándolo todo.

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Written by Zanobbi

abril 27, 2009 a 12:56 pm

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