La Mirada Displicente

Crónicas del Príncipe de las Bellotas

El monstruo de Bomarzo

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La primera vez que leí “Bomarzo”, hace 300 años, fue casi por obligación… Por una de esas obligaciones absurdas y preciosas que impone el amor cuando es nuevo. Es uno de los legados que aquella relación dejó, algunos brillantes y otros tremendamente oscuros. Pero aunque solo sea por “Bomarzo”, no puedo estar más que agradecido.
Llevo años recomendando “Bomarzo”, insistiendo en su lectura a amigos, amores, hermanos y desconocidos, con resultados más bien decepcionantes. Y es que Bomarzo, de primeras, tira un poco para atrás: tanto nombre, tanta dato, tanta gente, tanta historia. Mújica Láinez no es un escritor fácil para un lector… normal, por llamarlo (por llamarme) de alguna manera. Por su forma de escribir, por el avasallador torrente de datos y descripciones… Cuando recomiendo Bomarzo siempre digo algo así: “Tú toma aire, respira profundamente y trágate las primeras 50 páginas como si fuesen una pastilla de esas gordas que se te queda pegada a la garganta… Ya no podrás dejarlo” No siempre he triunfado, la verdad.
Mújica Láinez me sedujo también con “El escarabajo” y, en menor medida, “El unicornio”. Las imágenes del escarabajo de lapislázuli en el fondo del mar, con una estatua como única compañía durante siglos, me fascinan, me inspiran (Azul en Diciembre).

En la red hay tantos comentarios y análisis sobre la obra de Mújica, sobre Bomarzo (el libro y el lugar), el bosque de los monstruos, etc…, que un ignorante en el tema como yo no añadiría nada, salvo torpezas.
Releo Bomarzo de vez en cuando y siempre procuro que sea una copia distinta porque es de los pocos libros que sigo subrayando, marcando y garabateando en él. La última vez, hace un par de veranos, al acabar, en la última página, escribí: “6 de agosto. Bomarzo se acaba otra vez. Esta no ha sido fácil… Algún día iré a Bomarzo. Yo también, como Vicino, ansié delirantemente, hasta las lágrimas, que me amaran.”

Hay ediciones de “Bomarzo” a precios ridículos, así que hazte con uno lo antes posible. Si estás en las últimas o el tacto de las tapas y el pasar de las páginas no te produce placer alguno, puedes descargártelo aquí: Bomarzo en PDF

Por si me lee algún escéptico, alguien en paro con mucho tiempo o algún alma gemela, copio aquí algunos fragmentos que he repescado un poco al tuntún, por si le gusta y se anima.

“Creo que ha llegado el momento de que aborde el tema que hasta ahora he eludido y que por principal debí tratar al comienzo de estas memorias. Me refiero al tema de mi físico. Lo revelaré en seguida, de un golpe, sin perífrasis, aunque me cueste, me duela hacerlo. Allá va: cuando nací, el Esculapio hogareño que tuvo a su cargo la tarea de facilitar mi ingreso en el mundo destacó una anomalía en mi espalda, provocada por la corvadura y desviación de mi columna vertebral hacia el lado izquierdo. Luego, al crecer y definirse mi cuerpo, se tuvo la certidumbre de que aquello era una giba, corcova, joroba, llámesela como se la quiera llamar -ya lo he dicho, ya lo he dicho-, deformación a la cual se sumó otra, en la pierna derecha, que me obligó a arrastrarla levemente y que el Esculapio en cuestión no pudo advertir en el primer instante. Quienes han escrito sobre mí, con áulica retórica, silenciaron esos defectos prudentemente. Si los detallo es porque ellos contribuyen a explicar mi carácter y porque se trata de algo para mí esencialísimo.”

 “…quizás calculé que, sumergiéndome en un mar de belleza, rodeándome de mármoles rítmicos hasta desaparecer detrás de sus entrelazadas apariencias, como en medio de un ballet inmóvil y fragmentario en el que cada cosa, la lisura de una frente, el arco de un brazo, la proporción de un pecho suscitaba emociones que aliaban a la poesía con las matemáticas, lograría olvidarme de mí mismo.”

“Lo más doloroso de todo lo que voy exponiendo como una materia vergonzosa y vil, es que yo los hubiera querido, yo los hubiera adorado a Maerbale y a Girolamo, como adoré a mi abuela. Hubiera adorado al cardenal y al condottiero. Los necesitaba; los necesitaba terriblemente, como necesitaba de los osos invisibles que me protegían en Bomarzo durante mis caminatas nocturnas. Pero me rechazaron, me humillaron. Y el resentimiento creció dentro de mí como una planta negra nutrida con hiel. Gerolamo Cardano apunta en las páginas de De Subtilitate,que los jorobados son los más viciosos de los hombres, porque el error de la naturaleza envuelve su corazón. No es cierto. A mí me atacaron y me defendí. Me odiaron y odié. Pero ansié delirantemente hasta las lágrimas, que me amaran.”

“Las cosas, de las cuales se afirma que carecen de alma, son dueñas de secretos profundos que se imprimen en ellas y les crean un modo de almas, especialísimo. Desbordan de secretos, de mensajes, y, como no pueden comunicarlos sino a los seres escogidos, se vuelven, con el andar de los años, extrañas, irreales, casi pensativas. Hablamos de pátina, de pulimento, del matiz de las centurias, al referirnos a ellas, y no se nos ocurre hablar de alma. La armadura de Bomarzo tiene alma.”

“…entonces distinguí al esclavo que me preocupaba y comprendí que si había abandonado la cama y había salido al frío del amanecer no había sido para admirar el regreso de Hipólito sino para volver a ver al desconocido de rostro negro, barba breve y largos ojos que había andado por la intimidad de mi sueño. Como el día anterior, se apoyaba en su alabarda; como el día anterior, llevaba un turbante azul con plumas rosas. Esta vez, bañado por la claridad violenta, naranjada, con la cual las teas embadurnaban el cortile, aprecié mejor la arista de sus pómulos, la firmeza de sus manos, el grosor de sus labios, las perlas barrocas que titilaban en sus orejas, las pulseras que cerca de los codos apretaban sus brazos, el vigor que emanaba de su ágil figura. Quise saber en seguida quién era, pero antes, para disimular mi curiosidad  -no porque lo considerara culpable sino porque yo, por motivos evidentes, no debía correr el riesgo de manifestar interés absolutamente por nadie, pues mi curiosidad podía desencadenar una tormenta de burlas-…”

“Adriana dalla Roza murió a la medianoche del segundo día. Nuestro vínculo había sido tan singular que todavía hoy no consigo definir concretamente la índole del sentimiento que me inspiraba y que se parece tanto al amor (un ansia, una insatisfacción provocada por mi soledad y mi físico, por la urgencia de que alguien hermoso, deseable, me asegurase que no era ilógico; si no que me amaran, por lo menos que necesitaran de mi cariño),…”

“Los celos, los celos más ruines que son aquellos a los cuales no tiene acceso el amor sino otros sentimientos, más tristes y oscuros, me roían.”

“Cuando estuvo terminada la obra, me contemplé en su pálida y morada tersura, como en un espejo…. … Y me reconocí plenamente en la conmovedora figura, en su máscara de encendido alabastro. Así era yo, de triste, de extraño, de indeciso, de soñador, de turbio y de añorante…”

“…él, estremecido de pasión, ella, helada de literatura…”

“…vi a mi abuela inclinada sobre mí, radiosos los ojos azules, el día en que me regaló la armadura etrusca, y la vi consolándome y deslizando sus dedos por mi pelo fino, muchas veces, muchas veces, como si yo fuera uno de los gatos que ronroneaban en el calor de sus cobijas…. Los gatos de mi abuela maullaban en los corredores, abandonados, y el otoño saturaba las tardes de melancolía.”

“Uno de ellos, el mayor, Zanobbi, siendo menos hermoso que su hermano, por cierta irregularidad imprecisable de las facciones, me impresionó desde el primer instante. Digo mal: no me impresionó, me fascinó, me sugestionó. A un cuarto de siglo de separación, experimenté frente a él, inmediatamente, el mismo estremecimiento casi doloroso, la misma angustia que había sentido cuando mi adolescencia se asomó al cortile florentino de los Médicis y me hallé delante de Abul y de Adriana dalla Roza. Después de tanto tiempo, cuando creía yo que la posibilidad de esas sensaciones conmovedoras se había extinguido definitivamente, en mi interior coriáceo, porque ya no era capaz de alterarme, de turbarme, renacía en mí el calor desazonante de la juventud, cuyo excepcional fuego oculto abrasaba y fundía las demás percepciones, dejándome solo, encendido y vibrante, frente a un único objeto que borraba cuanto lo circuía… …Abul, Adriana dalla Roza, Porzia, Juan Bautista, Violante, Fabio, me sedujeron por igual. No distinguí, no separé. Me quemé en las hogueras de las almas y los cuerpos, buscando, más allá de las diferencias y las oposiciones, el apasionado fulgor.”

“Yo era un débil. Me dolía confesármelo -nada me dolía tanto, porque aspiraba al vigor desdeñoso que exaltaba a los altaneros Orsini-, pero lo cierto es que era un pobre jorobado débil, desconfiado, a quien el destino había añadido, para colmo de su trastornada confusión, el dogal de una sensibilidad enfermiza… …Cualquier otro, desde mi posición, hubiera enfrentado con eficacia arrogante la inquietud que me embargaba. Aun más: esa inquietud no hubiera existido para él. Se hubiera limitado a tomar lo que deseaba, lo que lo tentaba, como se arranca una rama al pasar. Yo no; yo no podía. Cuanto me concernía se tornaba complejo, arduo. Por eso bendije y maldije el día en que Zanobbi Sartorio llegó a Bomarzo con Jacopo del Duca… …Hubiera querido apartarme de Jacopo del Duca, acercarme al discípulo, escuchar, inclinado en el lado opuesto de la mesa, el soplo de su respiración, ver cómo se coloraban levemente sus pómulos morenos, bajo el carbón de los caídos mechones, en tanto el dibujo ondulaba y se erizaba de trémulas estrías. No pedía más; no pedía más que mirarlo, sentirlo próximo y oír esa voz desconocida que afloraba en un canturreo distraído… … era como si todas esas imágenes, insinuadas en esbozos superpuestos y desparramadas encima de los muebles, no tuvieran más misión que la de prestar un marco de imparangonable lujo al muchacho siciliano que se había introducido tan imprevistamente en mi existencia y que, aunque estaba cerca de mí continuamente, me parecía más remoto que aquellas fabulosas criaturas…

“… No sé, hoy mismo, a tanto tiempo de lejanía, si Zanobbi era como lo veía yo o si yo lo inventé, lo modelé, para colmar el vacío que me circundaba y que angustiaba a mi urgencia de ser el eje egoísta e imperioso de mi mundo. Lo único que sé es que llegó en el instante oportuno y que me cegó su dorado reflejo imprescindible.”

“En la quietud de la noche, su canción se levantó, indecisa, y las notas del instrumento se recortaron una a una. Sentí entonces que una desgarradora nostalgia se apoderaba de mí: nostalgia de mi juventud, de mi adolescencia remota, nostalgia de la vida simple que había perdido, algo semejante a la melancolía, para muchos incomprensible, de Segismundo, el día en que me dijo que ya nunca, nunca volvería a bailar los bellos bailes cortesanos,…”

“Una noche, bajé de mi cámara a la biblioteca en pos de un libro. No conseguía dormir. El calor me adhería la camisa al pecho. De improviso, me encontré con Zanobbi en la galería de los bustos que iluminaba apenas la indecisión de la luna. Alguien se ocultaba detrás, a la sombra del Minotauro. Era una muchacha, que salió huyendo, escondiendo su nacarada desnudez en la pantomima de los mármoles. Me aproximé para reconvenir al pintor, harto, asqueado, pero me dio un empellón y de sus labios brotó un insulto soez. La sangre corrió impetuosa por mis venas y experimenté una extraña delicia olvidada, porque sentí súbitamente como si renaciera, como si recuperasen su agilidad mis viejos miembros ateridos. Con un movimiento brusco desenvainé la daga, sin concederle tiempo para usar la suya, y apoyé la punta sobre su vientre. Me miró, atónito, desencajados los ojos negros, porque jamás se le hubiera ocurrido, evidentemente, que yo reaccionaría de tal suerte. Transpiraba, por el fuego de la noche estival, por el amoroso ejercicio en cuya prosecución lo sorprendí, por el miedo que lo sobrecogía. Su pavor me hizo un inmenso bien. Respiré a plenos pulmones y es seguro que me eché a reír. Oleadas ardientes me subieron al rostro. El puñal me temblaba en la diestra, le desgarraba el lino finísimo que yo le había regalado, y unas gotas de sangre mancharon su blancura. Apoyé un poco más y gritó. También grité yo, de alegría. -Esto se acaba -le dije-. Hemos llegado al fondo. Con la punta de la daga lo guié hasta el gabinete de mi padre. Zanobbi reculaba, tropezando, dirigiendo ojeadas despavoridas a su alrededor, balbuciendo. No, no lo mataría de ese modo. Mi estilete se enrojecía apenas con unas lágrimas carmesíes, sin trascendencia. Oprimí el resorte de la celda secreta, la celda donde mi padre me había encerrado con el esqueleto, y lo empujé hacia el interior oscuro. Pero antes le besé la mejilla que mojaba el sudor y deslicé mis dedos sobre su pelo húmedo. Cerré luego el panel, abandonándolo para siempre en su cárcel… …No se oía ni un rumor. Los muros de Bomarzo eran espesos, fieles. Lentamente, descendí al parque… … Me interné en el bosque, como cuando era niño. Las zarzas me arañaron los pómulos, los brazos, mientras avanzaba por el sendero tétrico a cuya vera peroraban los batracios. Llegué por fin al arroyo y, sin despojarme de la ropa, de un salto grotesco que perfiló mi joroba y la agrietada madurez de mi cara en los espejos lunares, me zambullí en el agua fría. Junté las palmas que bañaba la bendición del líquido nacido del seno, de la entraña de Bomarzo, y me puse a rezar. Que no se me exijan explicaciones. Yo sólo puedo contar lo que hice.”

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Written by Zanobbi

agosto 28, 2008 a 12:32 pm

3 comentarios

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  1. Ojalá me gustara leer. En realidad me gusta, pero me cuesta muchísimo concentrarme. Desde luego, tiene muy buena pinta. Tomo nota por si algún día me animo, o quizás como regalo. Jeje. HAy que aprovechar que después no sabe uno qué regalar!

    Juan

    agosto 28, 2008 at 7:18 pm

  2. Soy un alma gemela, hoy termino por tercera vez Bomarzo y parece que me despido de un amigo querido.Tambien me gusta como a Vitino rodearme de belleza y buscar el amor en lo que me rodea.

    pepa peña

    agosto 2, 2015 at 10:37 am

  3. Alma gemela, Leíste el escarabajo?

    Zanobbi

    agosto 2, 2015 at 2:31 pm


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