La Mirada Displicente

Crónicas del Príncipe de las Bellotas

Cuento de Varanasi

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Reedito este post porque la India vuelve una vez más, esta vez de forma material, dentro de la piel oscura de Anand, que estará alucinando al haber cambiado los sucios pollos desplumados, el polvo, las vacas, el calor y los niños desnudos y sonrientes de su pequeñísimo y destartalado pueblo por los espacios infinitos de la T4 y los mundos fantásticos de la Expo. Espero verle.

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Varanasi, Dic. 2006

Volvimos varias veces sobre nuestros pasos para buscarme a mí, que me había perdido.
La sensación de saberme perdido me causaba, por un lado, una angustia infinita: qué será de mí, dónde me habré metido, me habrá pasado algo, con quién estaré, ¿tendré hambre, o frío? Y al mismo tiempo me sentía excitadísimo porque de pronto yo era alguien, era el protagonista y todos, todos,  me buscaban a mí y solo a mí, que a saber dónde estaría…
Recorrimos las callejuelas, apartamos niños, empujamos ancianas; destrozamos sin querer dos o tres puestos y a mí no me cabía en la cabeza que yo, tan serio, tan responsable, me hubiese perdido. Dos horas y mil risas después, lo que no cabía en mi cabeza era que yo mismo me estuviese haciendo esta faena, y era yo el que no paraba de decir: “¡el muy hijoputa!”, “¡seré gilipollas…!”
Y los demás, al principio, me excusaban ante mí mismo: que me habría metido en cualquier tienda, que estaría hablando con alguien; pero sólo al principio, que luego para todos era un hijo de la gran puta.
Llegamos al bazar y sólo veía caras morenas y sonrientes que intentaban venderme algo mientras yo les preguntaba indignado: “pero, ¿seguro que no has visto un hijoputa con mi misma cara?”
Pero no, no me habían visto.
Intentar explicarle a alguien que uno mismo se ha perdido es una tarea muy complicada, especialmente si no habla tu idioma y encima tú mismo estás delante de él, así que decidimos entrar en todos y cada uno de los tenderetes: me emborraché de sedas, cuentas de cristal, dulces de almendra y vapores de té; cajitas de colores, frutos secos, objetos de cobre junto a torres humeantes de carne; ojos grandes y oscuros que me seducían y me desviaban de mi objetivo, que era encontrarme.
La sensación de no tenerme conmigo estaba empezando a desquiciarme porque, ¿qué iba a hacer yo sin mí?, ¿cuánto tiempo tardarían los demás en darse cuenta de que yo sin mí no era nada?
Al fondo del callejón, detrás de unos tenderetes, vi un niño moreno en cuclillas, nada que no hubiese visto cientos de veces durante los últimos diez días. Me miró y me sonrió pero, en vez de venir corriendo a sacarme los cuartos como todos ellos, me indicó que me acercara con la mano y, no sé por qué, fui. El niño empezó a hablarme en su extraña lengua, muy deprisa, sin dejar de sonreír y sin abandonar la ancestral postura. Como siempre, en pocos segundos tuvimos a nuestro alrededor una pequeña multitud que reía, me tocaba y traducía malamente al inglés lo que el niño me decía.
El niño me había visto, sí, a mí, no hacía ni diez minutos, en ese mismo lugar. Y yo le había prometido algo.
No conseguí hacerle entender que yo me había perdido hacía más de dos horas y no le había prometido nada. ¿Cómo iba yo a prometerle algo a aquel niño y no acordarme, por mucho que me hubiese perdido? Pero el crío me tiraba de las perneras de los pantalones y se iba mosqueando, el muy cabrón, y todas las miradas a mi alrededor se iban volviendo hostiles.
Los ojos de los hindúes son muy, muy bellos. Sonríen solos. Pero también dan miedo. Miré por encima de todas aquellas cabezas de pelo negro brillante mientras la voz del niño se iba convirtiendo en un chillido agudo que me golpeaba desde dentro del cráneo, intentando salir… Hasta que me vi a lo lejos, a lomos de un elefante viejo y destartalado, saliendo a la calle a través de un gran arco gris de piedra.
Me quedé paralizado: yo iba vestido de blanco, exactamente igual que muchos de los amenazadores tipos que me rodeaban, descalzo, subido en aquel decrépito animal, hablando animadamente con alguien que, desde abajo, tiraba del elefante y le golpeaba suavemente con una vara.
Corrí, grité a los demás: “¡estoy ahí, estoy ahí!” pero nadie parecía ver nada, nadie decía nada en medio del griterío ensordecedor.
Me olvidé del niño, de mis amigos y de todo y salí disparado tras de mí, que me iba perdiendo entre la multitud a pesar de la altura y lo aparatoso del elefante.
Salí a la calle y quedé atascado en medio de los ricksaws, de las motos, la comida y la gente. ¿Cómo podía alejarme tan deprisa, encima de un elefante, en medio de todo aquel caos? Pero el caso es que me estaba perdiendo otra vez.
Alguien me agarró del brazo. Me volví y mi precioso camello habitual, con la misma camiseta de los últimos diez días y su pelo quemado por el sol o los tintes, me ofrecía, una vez más, sus exóticas mercancías. “¡Te he dicho mil veces que no quiero nada, nada, nada, indio de mierda! ¡Ni maría, ni coca, ni nada! ” El no me entendía, como siempre, sin dejar de abrazarme y sonreírme.
Le empujé, tropezó, cayó sobre la acera y se me quedó mirando como no comprendiendo nada, con una tristeza infinita.
Se levantó, volvió a mirarme y le dije: “¡Lo siento, joder! ¡Es que me he perdido!”
Escupió a un lado y se marchó.
Miré al fondo de la marea humana, al horizonte móvil y ondulante donde no pude distinguir mi silueta sobre el elefante ni ningún otro rastro mío.
No sé cuánto tiempo más vagué por las calles de Varanasi buscándome.
Perdí también a mis amigos y la noción del tiempo; sólo recuerdo que siempre era de noche, siempre de noche.
Me senté en uno de los escalones mirando sin mirar el sagrado río humeante, las lamparitas, las hogueras, las ratas; intentando imaginar una y otra vez qué estaría haciendo yo, dónde y, sobre todo, con quién estaría. Y entonces me sentí celoso.
Hasta que entre los cánticos y la música de las oraciones surgió una vocecita conocida, muy cerca. Giré la cabeza y vi al niño del bazar que, poniéndome una mano sucia sobre mi hombro, canturreaba algo sin mirarme. Parecía estar como yo, mirando sin ver hacia ningún sitio, explorando la oscuridad del río por el que de vez en cuando aparecía una barca silenciosa con mujeres vestidas con saris de colores imposibles o turistas espantados, como fantasmas que la negra bruma del río devoraba poco después.
El niño me miró y dijo algo en su lengua incomprensible.
Le contesté: “Mi vida, no te entiendo” y golpeé con la mano en el escalón para que se sentara. Lo hizo y después, canturreando de nuevo, apoyó la cabeza en mi regazo.
Nunca volví a encontrarme.

(Zanobbi 2008)
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Written by Zanobbi

junio 9, 2008 a 12:00 pm

Una respuesta

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  1. Estupendo relato. ¿Es tuyo?.
    Es evidente que estamos absortos por lo que nos rodea, sin darnos cuenta de que lo más importante es saber quienes somos, y evolucionar “por dentro”. Nos distraen con lujos, tareas, distracciones y obligaciones, y no nos dejan tiempo, ni ganas, de entrenar nuestro interior, nuestro alma y nuestro corazón.
    Todo el que se siente libre, porque se sale de estas “normas sociales”, suele ser considerado un bicho raro. Y todos tenemos ese bicho raro dentro. Sólo que algunos seres humanos son lo suficientemente valientes y honrados como para ser honestos con sus corazones, y otros que no.
    Es complicado esto de ser un ser humano.

    Pozzzzz, sí, el cuento es mío, me alegro de que te guste. Esto es el producto de una mala siesta llena de imágenes y sentimientos que mi obsesión por la India me traen constantemente. No llegué a dormirme del todo (la silla era realmente incómoda…) y, no me preguntés por qué, de pronto, en medio del soporcillo, me vino a la cabeza el niño de la foto, “mi mismo” subido al elefante, el camello…; me levanté y me salió esto. Gracias y buen fin de semana.

    Juan

    junio 12, 2008 at 10:26 pm


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