La Mirada Displicente

Crónicas del Príncipe de las Bellotas

Madrugada

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Arremetí contra la madrugada con las mismas pocas ganas de todos los días. Durante 3 ó 4 meses me levanto, voy y vuelvo del trabajo antes de que el sol salga y después de que se ponga, lo que me hace sentir como un bicho de vida nocturna sin ninguna vida nocturna.  Desde que beber me sienta tan mal, mi vida ha perdido casi toda la magia. Mierda, toda la magia. Y no es que me agarrara pedos descomunales, no; simplemente perdía un poquito el sentido, los agobios, la timidez, el aburrimiento, la tristeza… Perdía un montón de poquitos que no han parado de crecer desde que no bebo. Ya no escribo, no toco la guitarra, no escucho música. Yo ya no me enamoro, aunque en esto influyen otras muchas cosas además del beber.
Me enamoré demasiadas veces con el corazón y el cerebro nadando en ron, pero qué más da… Me enamoraba de unos ojos, de un perfil, de un pelo, de una espalda, de todas las sonrisas. A mí me sonreían y ya estaba perdido para siempre. En la cama, muchas noches, me planteo contar el cómo y el porqué de todos los que me acuerdo, pero hago recuento y me acuerdo, la verdad, de pocos. Pero estos todos sonreían. El único que de verdad, de verdad permanece en algún pliegue extraño es el que más sonreía de todos. El que está muerto… (¿Qué querría contarme cuando me quiso ver en Sitges? ¿Lo del sida? ¿Para qué? ¿Por qué me dijo de aquel modo que me escribiría, esta vez de verdad y largo? ¿Para excusarse? Lo dudo. ¿Para decirme cuánto me quería y cuánto lo sentía? No. ¿Para desahogarse? No le pegaba. Creo que tan sólo quería despedirse, que, al fin y al cabo, eso era lo más común de nuestra extraña, loca, maravillosa y triste relación: despedirse otra vez, después de muchos años y ahora para siempre. Pero no lo sé. Si yo hubiese ido a Sitges y Mark se hubiese despedido de mí con esa sonrisa que le invadía la cara, me hubiese muerto yo también, no sé, en el viaje de vuelta, o aquí solo en casa pudriéndome de amargura, de impotencia, de rabia. En realidad no creo que Mark me hubiese dicho nada. Era más simple que todo eso, mucho más simple de lo que a mí me hubiese gustado)
Si la sonrisa era además de perfil, con algunas greñas enmarcándola, estaba vendido. Como siempre, no era sexo, no lo era. Que el sexo era otra cosa: un trozo de brazo, una teta, el principio de un culito, un hombro arqueado, una muñeca ancha o cada cogote que me precedía por la calle que nunca piso ahora (así pasa, que no veo cogotes ni nada…).
Pero si al fin vuelvo a las madrugadas y me dejo de sexos y de historias, lo que me pasa es que estoy solo, metido en el coche, con la música tan fuerte que a veces me miran (mi discoteca de las 7:30, el único sitio donde aún me cantan); y la verdad es que no veo a nadie, no me fijo en nadie. Los coches de alrededor parecen ir solos, mucho más ahora que ya ni me cabreo y no miro desafiante a nadie. Quizá sea por las obras, que lo llenan todo, pero ahora me ha dado por tomármelo con calma. Si no llego, no llego. Además, me jode llegar pronto: la música dura menos, es más de noche, llego antes a este sitio que me abruma.
Esto es absurdo. Estoy mezclando madrugadas con sonrisas y amores con sexo (que siempre se me dio fatal) y así no se puede.
(Zanobbi 2008)
(Foto: Amador)

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Written by Zanobbi

marzo 30, 2008 a 9:53 am

Publicado en Cosas, Gay

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